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Brutal Burrito se basa referencialmente en los espacios temporales, esporádicos, que aparecen en cualquier esquina para ofrecerte un producto o un servicio: un puesto de mercado informal, una barra en la calle en época de fiestas o un carro de venta ambulante. Quiere recoger esa sensación de espontaneidad y reversibilidad en concordancia con el propio proyecto gastronómico, tanto por su condición cercana a la comida rápida, callejera, como por su ambición de cambio y evolución.
El proyecto trata el espacio como un cuerpo al que vestir, estableciendo así una distinción entre las partes desnudas y las vestidas. El espacio preexistente permanece desnudo, asumiendo una estética cruda en superficies de enfoscados rudos de mortero y suelos que toman la materialidad de las aceras colindantes. En contraposición, se propone un proyecto textil para distribuir y acondicionar los interiores. Un sistema que permita que el espacio pueda arreglarse los días de gala, que pueda disfrazarse los días de fiesta o que pueda ponerse un mono de trabajo a diario. Un modelo de patronaje más que un diseño cerrado. La técnica se basa en los recursos empleados en mercados ambulantes: superficies tensadas para separar espacios, plásticas para repeler el agua, opacas para proteger del sol. Acostumbran a ser lonas de colores planos, crudos; lonas reutilizadas, brandeadas o lonas específicamente diseñadas para un evento.Contrastando con el mundo referencial proveniente de la venta ambulante, se trabaja de forma irónica con la inclusión de formas clásicas mediante unas arquerías que delimitan los espacios interiores. Arcos reducidos exclusivamente a su imagen, es decir, desprovistos de la lógica constructiva que les dio forma, la compresión, para convertirse en elementos tensados. Este tipo de estructura recuerda a los castillos hinchables para niños; una especie de tradición hecha de plástico. Esa condición desmontable, casi desechable, confiere al espacio un ambiente de espontaneidad, la sensación de ser un restaurante montado en un espacio que en realidad no le corresponde. En línea con esta idea se propone una fachada compuesta por una superposición de elementos deliberadamente descoordinados, haciendo que el ritmo de huecos de la arquería no coincida con los grandes ventanales abiertos a la calle. De esta forma se entiende la fachada como una suma de capas que no tienen relación entre sí.
Los elementos de cocina por otra parte adoptan una estética técnica, utilizando el acero inoxidable como superficie sanitaria en la que preparar o servir comidas. El falso techo sale de la cocina invadiendo el resto del espacio con reflejos metálicos, desdibujando la diferencia entre los dos lados de la barra. De todos los elementos de cocina se destacan dos por encima de todos los demás. El primero es el comal, una adaptación de la cocina tradicional precolombina utilizada principalmente en México. Ocupa un lugar central, tanto física como simbólicamente, representando todas las operaciones de cocina desarrolladas en BB. Se trata de un cilindro de metálico brillante, dividido en dos partes, una plancha y una campana extractora, sólo unidas por el humo y las llamas. El segundo elemento es la tortilladora, un aparato específicamente desarrollado para producir tortillas, que rara vez se encuentra fuera de América Latina. Se presenta al visitante en acción, produciendo las tortillas que posteriormente se comerán, encerrada en una vitrina de protección.
Finalmente se distingue una parte del comedor de las demás. Este espacio, el laboratorio, se equipa con una mesa alta tecnificada, que esconde bajo unas trampillas una cocina para realizar presentaciones gastronómicas.
El proyecto de mobiliario para Brutal Burrito toma como base la técnica de doblado de tubo de aluminio, usada esencialmente para producción de mobiliario de exterior de pequeños bares y restaurantes en España. Un sistema sencillo de varios pliegues por tubo para generar apoyos dobles tanto en las mesas como en los taburetes altos. Para los tableros de las mesas y los asientos de los taburetes se emplean tablas de corte de alta densidad, habitualmente utilizadas en cocina para cortar alimentos. La repetición de estos elementos genera dos grandes mesas de uso compartido.
El proyecto de identidad gráfica de 3TG se manifiesta interiormente en pantallas LED que recogen y enfatizan ese ambiente de feria tecnificada, lanzando mensajes y promociones relacionadas con el producto que se ofrece.

El edificio de viviendas de la calle Joan Margall 55, construido en los años 70 en Madrid, replicó el paradigma de distribución de la época, consiguiendo encajar dos dormitorios, un baño completo, un salón y una cocina en 40m2. Las habitaciones independientes cumplían estrictamente los mínimos funcionales necesarios, reduciendo el tamaño potencial de cada una de las estancias. La transformación propuesta se opone radicalmente a este principio, desmantelando las divisiones entre los espacios y disolviendo los límites de los usos asociados a cada uno de ellos. Un núcleo central integra todas las instalaciones de la casa, siendo el aseo el único elemento que puede ser aislado completamente. El resto de materiales, usos y habitaciones se combinan y contaminan entre sí, de modo que los inquilinos duermen en el baño o se duchan en el salón. Un azulejo blanco brillo marca simbólicamente los usos húmedos que están presentes en toda la vivienda, revistiendo completamente la pieza central y los suelos cercanos a ésta. Este tipo de azulejo, de estética sencilla y humilde, claramente atribuible a los espacios servidores, rompe esta barrera para revestir paramentos verticales y horizontales de las zonas más públicas de la vivienda. La modulación 10x10 obligó a modular todos los espacios asociados al núcleo central, de manera que cada uno de los azulejos empleados en este proyecto se hayan podido colocar completos (sin cortes). La obsesión por el módulo y la uniformidad llevó a alicatar los planos habitualmente revestidos con azulejo, sino también falsos techos y suelos colindantes, en clara referencia a la Maison de la Celle-SaintCloud de Jean-Pierre Raynaud. Como estrategia opuesta, unos raíles incorporados en los techos dibujan un espacio totalmente diferente. Un proyecto textil de estancias temporales que encierran usos complementarios o que requieren de un grado mayor de intimidad o aislamiento. De esta forma se puede generar una cápsula de estudio, independizar un dormitorio o esconder la cocina. Materialmente las cortinas que delimitan estos espacios responden a los usos que proponen cobijar, de manera que el dormitorio se envuelve en una cortina confeccionada con edredones, mientras que el estudio puede aislarse mediante a una cortina de fieltro plegado. Finalmente es la ocupación por parte de los habitantes y la constelación de objetos que se integran en estos espacios lo que genera la imagen resultante: una combinación de la uniformidad de la pieza cerámica y la imprevisibilidad del día a día.

La propuesta espacial para el Centro de Residencias Artísticas de Matadero es un conjunto de elementos de apoyo y soporte diseñados para generar espacios de encuentro, espacios de privacidad, almacenamiento, taller u otros posibles usos requeridos por artistas residentes en las naves de Matadero Madrid.
En clara referencia al Support Structure Manifesto de Celine Condorelli, estos elementos cuestionan las posibilidades de un espacio contenedor al focalizarse en el usuario. La intervención cuenta con elementos que operan a distintas escalas. En primer lugar se disponen unos elementos de almacenamiento cerrados en una de sus caras por lonas tensadas. Estos elementos toman forma de “+”, de “T” y de “L” en planta, formando cuadrantes independientes para 4 artistas residentes, proporcionando un espacio de privacidad para el trabajo, iluminación puntual, almacenamiento y superficies de trabajo. La disposición de estas cruces en las enormes naves de Matadero Madrid da lugar a espacios individuales más recogidos, garantizando un acceso perimetral independiente para cada uno de ellos. Al mismo tiempo, se genera un espacio común para el colectivo de artistas residentes sobre el que vuelcan los espacios individuales, protegido de las miradas de visitantes y otros trabajadores.
Por otra parte, se introduce también una estructura semicircular de aluminio sobre ruedas de la que cuelga un gran telón que actúa como fondo para presentaciones o reuniones individuales o colectivas. Finalmente se instauran espacios de almacén y taller separados del resto de usos mediante a unos bastidores de madera con textiles tensados.
Las estructuras tratan de mostrarse como elementos neutros, uniformes, que no generen interferencia con la obra artística de los residentes. Toman una estética deliberadamente temporal, posicionándose claramente como elementos servidores del espacio y de sus usuarios.

MG08 es una intervención arquitectónica para generar una vivienda flexible, capaz de subdividirse en diferentes unidades, en función de las necesidades de sus inquilinos.
Para muchas personas, la construcción de su propia casa es la inversión personal más importante que harán en su vida. De hecho, está tipificado como uno de los periodos más estresantes en la vida de una persona europea media. El miedo a cometer un error en un proyecto que en la mayoría de casos acarrea una deuda de más de 20 años provoca que muchas personas recurran a modelos de vivienda más conservadores, menos arriesgados, apelando a las referencias más cercanas que tienen, que suele ser la casa familiar en la que crecieron. En muchos casos la premisa es construir un hogar para toda la vida, a pesar de estar constantemente expuestos a situación que pueden exigir que nuestras vidas cambien drásticamente, como las condiciones socioeconómicas en las que nos encontremos, el aumento o la disminución del tamaño de los núcleos familiares que cohabitan, las condiciones de movilidad de los habitantes o su estado de salud entre muchos otros. Por ello, la vivienda debe ser capaz de transformarse o adaptarse a la situación cambiante de sus habitantes en lugar de configurarse como un ente inalterable.
La intervención MG08 parte de esta premisa para tratar abrir el rango de posibilidades de ocupación de un espacio.
María Guerrero es una casa que nace partida en dos. Para poder afrontar los costes de compra y construcción, los habitantes de este espacio comienzan a habitarlo ocupando solo la mitad como su vivienda y alquilando la otra mitad como vivienda independiente. El muro que divide ambas piezas se plantea de tal manera que pueda demolerse por tramos para poder ampliar y reducir las superficies de una y otra parte. La estructura preexsitente modula los tramos de manera que se pueda distribuir el espacio en dos viviendas con un patio cada una (tal y como se encuentra en este momento); en una vivienda de mayor tamaño con un patio grande y un estudio con baño abierto a la calle; en una vivienda de más superficie con dos baños y un pequeño local comercial o finalmente en una única vivienda. Este proceso podría revertirse gradualmente si las necesidades económicas de los habitantes volvieran a requerir un ingreso adicional durante un tiempo alquilando parte del espacio. El proyecto ocupa un local en planta baja, que anteriormente dio cobijo a diferentes usos de tipo industrial, comercial o deportivo, cuya memoria se recupera en el uso de materiales como un muro alicatado amarillo propio de un vestuario de gimnasio o del uso de materiales y tratamientos cementosos en suelos y paramentos verticales recogiendo un aspecto crudo, inacabado y que refleje la condición de temporalidad de los elementos que están pensados para ser demolidos, como el muro medianero. Los patios de ambas piezas ocupan el espacio que anteriormente fue una pequeña nave industrial de cubierta a dos aguas, cuya estructura portante se ha mantenido.

Blasón es un proyecto de reactivación de un espacio industrial en la trama urbana de la ciudad de Madrid. Este proyecto forma parte de la serie “Elements for Industrial Recovery”, cuya estrategia es la protección del patrimonio industrial de la ciudad a través de fórmulas de uso y ocupación que permitan prolongar su vida y evitar su derribo.
La actividad industrial en el centro la ciudad de Madrid ha ido perdiendo su peso paulatinamente en los últimos 30 años, hasta encontrarse en la situación actual, en la que dicho uso prácticamente ha desaparecido. Las causas son similares a las de muchos otros centros urbanos; por una parte la normativa de protección ambiental en términos de ruido y emisiones y por otra el aumento del valor del suelo, provocaron la emigración de estos usos a la periferia de la ciudad. Como consecuencia las naves industriales urbanas han ido quedando obsoletas: son demasiado grandes para ser empleadas por el comercio local, demasiado caras para la industria, demasiado restrictivas a nivel normativo para el uso recreativo y poco lucrativas para las nuevas generaciones que heredan los negocios familiares en activo hasta ahora. Generan un vacío de uso.
La mayoría de estos espacios se encuentran en las plantas bajas de edificios residenciales, extendiéndose más allá del fondo del edificio e invadiendo el espacio de los patios de manzana. Tratándose ahora de una trama fundamentalmente residencial y comercial, que ya no requiere del uso de estos espacios de gran volumen y superficie, la normativa urbanística vigente busca recuperar los patios de manzana y por tanto el derribo de las estructuras que los ocupan. La herramienta empleada para ello es el cambio de uso, del uso industrial al uso residencial.
La modificación más drástica para realizar este cambio de uso supone la limitación del fondo de la edificación, que impide implantar el uso residencial en aquellas construcciones que invadan los patios de manzana, obligando a la demolición de las naves industriales que los ocupaban. El incentivo para realizar estos cambios de uso lo pone el mercado inmobiliario, provocando que el valor del suelo se pueda triplicar o cuadruplicar al convertirse en un espacio residencial, principalmente espoleado por la burbuja de los precios del alquiler que sufre la ciudad. La clave para su activación está en la implantación de usos híbridos. Estas naves no pueden entenderse de forma rígida, sino que exigen de una forma de ocupación más líquida, que pueda aprovechar las cualidades espaciales de esta tipología y optimizar el gasto que requiere su adaptación.
Elements for industrial recovery trata de dar con herramientas urbanísticas y arquitectónicas que permitan mantener estas estructuras en un contexto que quiere verlas desaparecer.
Blasón se estructura en torno a un gran muro central: una espina dorsal que separa los usos más públicos de los más privados. Es además un gran elemento servidor, que contiene todas las instalaciones de la nave en que se ubica la intervención y que da apoyo a otros objetos y funciones necesarias para la vida en este espacio. Al adherirse los distintos usos u objetos al muro, provocan salientes, quiebros, huecos, contrafuertes y machones. Todos estas protuberancias se adaptan a las acciones que cada espacio requiere, por ejemplo tomando forma de soporte para electrodomésticos y encimera en la cocina o generando una plataforma sobre la que se apoyan dos tramos de la escalera metálica que da acceso a una zona de estudio.
Los huecos que aparecen a lo largo del muro dan acceso a dormitorios y baños, separados de las zonas más públicas empleadas como garaje, gimnasio, cocina, comedor o salón. Materialmente se trata de un muro de mampostería de bloque de hormigón blanco visto, que únicamente se reviste superficialmente al dar apoyo a zonas determinadas como la cocina (acero inoxidable) o los dormitorios y los baños (gresite).
En contraposición, el proyecto de cubierta mantiene la estructura original, de gran esbeltez, complementando el entramado metálico con barras adicionales para arriostrar el conjunto y así evitar incrementar el grosor de los elementos.
Por último, se recuperan los dos patios interiores con los que contó originalmente la nave, convirtiéndose en los espacios exteriores a los que se abren todos los espacios. Esta acción provocó también la aparición de la fachada exterior al patio, que recoge el ritmo de las pilastras originales de los muros medianeros para componer la distribución de huecos. Materialmente se unifican todos los paramentos exteriores con una mortero rugoso, un enfoscado a la tirolesa, que recoge también los vidrios a hueso de la parte superior de la fachada.
A pesar de las divisiones interiores que genera la intervención, Blasón es un único volumen de aire que conecta todos los espacios a distintas alturas.

Sin alterar la configuración previamente existente de un bajo comercial situado en el centro de Madrid, se retiran los revestimientos superficiales de techos, suelos y muros para dejar la base original sobre la que actuar. Se define así la primera parte del proyecto: el fondo, la preexistencia; en este caso la huella del antiguo negocio existente con la que el proyecto dialogará sin modificarla. Un fondo encontrado que podría ser este o cualquier otro. Por otra parte, se desarrolla una estrategia de intervención a partir de unows dispositivos diseñados en base a tres exigencias clave del proyecto:
Independencia espacial. Los dispositivos que definen y configuran el espacio tienen que ser independientes al fondo en el que se encuentran para que no alteren la preexistencia ni dependan de ella. En base a esto se desarrollan unas estructuras metálicas autónomas y autoportantes. Con el fin de remarcar la independencia de estas piezas con respecto al fondo y tensionar la relación de estos dos mundos, se utilizan formas curvas, muy difíciles de encontrar en espacios construidos preexistentes donde la ortogonalidad y la línea recta predominan.
Versatilidad. El diseño de los dispositivos se realiza en base a un sistema modular dimensionado para permitir todos los usos necesarios de una tienda. Un mismo módulo puede ser apoyo o cuelgue de producto, puerta de paso, barrera visual o incluso elemento de protección. Por otra parte, la versatilidad hace también referencia a la facilidad de estas estructuras para habitar otros espacios. La altura máxima y peso de cada elemento está diseñado para que, sin necesidad de desmontarlo, pueda salir por una puerta normalizada buscando un nuevo espacio sobre el que intervenir.
Optimización de recursos. Todos los dispositivos y elementos que configuran el interior de la tienda han sido producidos en el mismo taller por las mismas personas y con el mismo material, reduciendo así el impacto tanto material como humano. Los dispositivos modulares, los elementos de mobiliario, el cartel exterior de la calle e incluso el sistema de luminarias han sido producidas en acero inoxidable con diferentes acabados y formas en función de su aplicación. Tubos de 30 centímetro para las barras de cuelgue, chapas lisas continuas para ocultar, chapas lisas plegadas para configurar el mobiliario, chapas lisas dobladas como lámparas suspendidas del techo, chapas microperforadas para proteger los fondos preexistentes, tubos cuadrados para modular y rigidizar los dispositivos, tubos cuadrados abiertos a modo de carril de cortina e incluso chapas lisas plegadas para ocultar antiguos enchufes.
Los detalles constructivos de estos dispositivos metálicos tienen una precisión que responde más a un diseño industrial que a un diseño de interior. Esta precisión es una consecuencia del material y la técnica elegida y, por defecto, de los profesionales que lo ejecutaron. El resultado son un conjunto de dispositivos de exposición de ropa que fueron producidos con la misma precisión que una cocina industrial o una grúa elevadora. A nivel espacial, los dispositivos metálicos independientes de los fondos invitan al visitante a recorrer las formas fluidas del espacio, al mismo tiempo que le muestran productos e incluso le cobijan en caso de que necesitara probarse alguna prenda. La intersección entre las formas rectas del fondo y las curvas de los elementos dan lugar a espacios inesperados, fruto de la colisión de dos lenguajes, que acogen almacenes y probadores. Una cortina suspendida del techo, alineada con uno de los dispositivos, permite separar la parte pública y visible de la tienda de la parte privada y operativa

Isabelita es una intervención de mínimos para permitir la entrada del sol en una gran nave industrial.
La actividad industrial en el centro la ciudad de Madrid ha ido perdiendo su peso paulatinamente en los últimos 30 años, hasta encontrarse en la situación actual, en la que dicho uso prácticamente ha desaparecido. Las causas son similares a las de muchos otros centros urbanos; por una parte la normativa de protección ambiental en términos de ruido y emisiones y por otra el aumento del valor del suelo, provocaron la emigración de estos usos a la periferia de la ciudad. Como consecuencia las naves industriales urbanas han ido quedando obsoletas: son demasiado grandes para ser empleadas por el comercio local, demasiado caras para la industria, demasiado restrictivas a nivel normativo para el uso recreativo y poco lucrativas para las nuevas generaciones que heredan los negocios familiares en activo hasta ahora. Generan un vacío de uso.La mayoría de estos espacios se encuentran en las plantas bajas de edificios residenciales, extendiéndose más allá del fondo del edificio e invadiendo el espacio de los patios de manzana. Tratándose ahora de una trama fundamentalmente residencial y comercial, que ya no requiere del uso de estos espacios de gran volumen y superficie, la normativa urbanística vigente busca recuperar los patios de manzana y por tanto el derribo de las estructuras que los ocupan. La herramienta empleada para ello es el cambio de uso, del uso industrial al uso residencial.
La modificación más drástica para realizar este cambio de uso supone la limitación del fondo de la edificación, que impide implantar el uso residencial en aquellas construcciones que invadan los patios de manzana, obligando a la demolición de las naves industriales que los ocupaban. El incentivo para realizar estos cambios de uso lo pone el mercado inmobiliario, provocando que el valor del suelo se pueda triplicar o cuadruplicar al convertirse en un espacio residencial, principalmente espoleado por la burbuja de los precios del alquiler que sufre la ciudad. La clave para su activación está en la implantación de usos híbridos. Estas naves no pueden entenderse de forma rígida, sino que exigen de una forma de ocupación más líquida, que pueda aprovechar las cualidades espaciales de esta tipología y optimizar el gasto que requiere su adaptación. Elements for industrial recovery trata de dar con herramientas urbanísticas y arquitectónicas que permitan mantener estas estructuras en un contexto que quiere verlas desaparecer.
Isabelita era un espacio industrial en desuso desde aproximadamente 20 años. Originalmente ocupaba la totalidad de la planta baja correspondiente el edificio del que forma parte, pero tras ser adquirida por la SAREB, a consecuencia de la crisis bancaria de 2008, comenzó a ser segregada en pequeños locales con el fin de facilitar su comercialización. La parte más grande, la que ocupa la superficie que corresponde al patio de manzana de la finca, quedó penalizada por su gran superficie y, por tanto, cerrada y en venta desde hace más de 10 años. La nave fue concebida como un almacén industrial por lo que no contaba con iluminación natural de ningún tipo. Una enorme cubierta de fibrocemento techaba un oscuro y profundo espacio de 6 metros de altura.
Isabelita es una intervención de mínimos, que pretende hacer que el sol entre en la nave.
La estructura espacial original permanece prácticamente inalterada, demoliendo exclusivamente las construcciones interiores añadidas con posterioridad a la distribución diáfana original. La modificación principal es la inclusión de un patio en el vértice que une los dos ramales de la planta, que garantiza la iluminación de toda la nave. Este patio queda limitado por una nueva fachada interior, que permite el acceso al patio a través de la parte inferior y la entrada del sol desde la parte superior. Al coronar el muro, se deja de construir un hueco semicircular en la parte superior, que consiga superar la cota marcada por el muro medianero y así potenciar la entrada de luz. El sol se introduce tanto de forma metafórica como física en el espacio, empleando la simbología del semicírculo, asociado al sol naciente / menguante, para dar forma a un gran óculo orientado a sur, que posibilita la entrada de un rayo de sol directo. Medio sol, que recorre el espacio a lo largo del día.
La fachada que limita el patio se reviste con un enfoscado rugoso blanco, una tirolesa, que contrasta con la segunda fachada interior, directamente enfrentada a esta. Esta segunda fachada, previamente existente, es un gran muro en bruto de bloque de hormigón gris. Un vestigio del momento en que la anterior propiedad, la SAREB, trató de segregar el espacio en pequeñas partes para fomentar su venta. Un error de planificación hizo que apareciera un muro divisorio en el lugar que no debía, dividiendo el espacio de forma aparentemente absurda. Un error de 6 metros de altura es un gran error, por lo que se decidió mantenerlo y reprogramarlo, para ser empleado como un taller de trabajo en sucio. El muro se mantiene conservando su materialidad original, con pequeñas estructuras que lo parasitan para conectar el espacio segregado con la nave. Para realizar esta intervención se introdujo un pórtico metálico doble; dos porterías, que permiten la apertura del hueco y refuerzan el muro existente. Entre las dos fachadas, el gran espacio de la nave, queda en un cierto grado de indefinición, sin uso concreto asociado, para permitir que las nuevas inquilinas congreguen, expongan, produzcan, cocinen o celebren en él.

La exposición Doce fábulas urbanas, basada en el texto Twelve cautionary tales for christmas escrito por Superstudio en el año 1971, busca ser "una herramienta que nos ayude a repensar cuál es nuestro papel en la construcción de la ciudad", en palabras de Ethel Baraona, comisaria de la exposición. A partir de doce intervenciones que ponen el foco sobre distintos aspectos de la sociedad y su relación con el entorno urbano, Doce fábulas urbanas revisa utopías y distopías en relación a la ciudad futura.
La estrategia expositiva recoge la idea primigenia de ciudad como límite: el marco físico y normativo en el que se crea ciudadanía. La propuesta delimita un espacio dentro del espacio expositivo de Matadero Madrid en el que se concentran las intervenciones. En consecuencia, aparece un gran espacio intermedio que no llega a constituir exterior, pero tampoco interior: un umbral extendido que rodea la exposición. Un espacio de tránsito, en penumbra, que permite al visitante evaluar la muestra desde fuera y buscar vías alternativas para iniciar el trayecto propuesto. Una escalera guía al visitante desde este umbral hasta una plataforma que se eleva por encima del muro, desde la que poder evaluar el conjunto expositivo tomando un punto de vista distante.
El interior del recinto se estructura mediante una retícula ortogonal interrumpida por el límite propuesto. Un tablero que otorga una casilla a cada una de las intervenciones y restringe el movimiento del visitante marcando distintas opciones para recorrer la exposición. Estas divisiones toman forma de malla tridimensional que se conforma como estructura de apoyo para cada una de las piezas, así como para la gráfica de la exposición, compuesta por estandartes, banderolas y textiles de gran tamaño. La materialidad también busca provocar una experiencia urbana, tomando como referencia los cerramientos metálicos temporales con los que habitualmente se delimitan las obras civiles en la vía pública, formando superficies continuas que en algunos casos se extienden a lo largo de varios kilómetros.
Doce fábulas urbanas construye una idea de ciudad a partir de diferentes proyecciones de futuro, invitando al visitante a crear su propia narrativa.

NN06 es un conjunto de objetos e intervenciones para transformar una oficina en una vivienda. Sin alterar la configuración previamente existente, se retiran los revestimientos superficiales de techos, suelos y muros para dejar una base cruda sobre la que actuar. Se define así la parte masiva, sólida del proyecto: lo inmobiliario. Por otra parte se desarrolla una estrategia de intervención a partir de piezas que buscan huecos para integrarse, que se cuelgan de lo muros de carga o que se apoyan sobre las superficies duras. Se define así la parte ligera, desmontable: el mobiliario.
La palabra mueble procede del término en latín mobilis, definiendo aquello que pudiera ser transportado. El derecho romano definía ya los bienes en dos grandes categorías: lo móvil (herramientas, vestimenta, mobiliario, utensilios, etc.) y lo inmóvil (construcciones, tierras, etc.). En base a esta distinción aparece la expresión Res mobilis, res vilis, en castellano, la cosa movible es cosa inservible. NN06 se concentra en este aspecto inservible para convertirse en un conjunto de muebles y plug-ins centrados en la vida interior de la vivienda. Una especie de estructuras de apoyo que posibilitan a los habitantes desarrollar su vida en este espacio.
Estos objetos se dividen en dos grandes familias, distinguidas por su materialidad: madera y metal. Los elementos metálicos, lacados en color azul, se cuelgan estructuralmente de los muros, sin tocar el suelo. El elemento principal es una estantería metálica ubicada en el centro de la casa, que queda suspendida a pocos centímetros del suelo, colgada de una estructura portante que se apoya en los muros de carga del edificio. Al margen de su condición de estantería, este elemento se configura como tótem en torno al que se distribuyen los usos de la vivienda. Formalmente replica la estructura de huecos del muro de carga situado en frente de este objeto, simulando ser un elemento estructural añadido, un apéndice disfuncional. El resto de elementos metálicos toman forma de portón para independizar un espacio de trabajo, de minibar, contraventana o barra de ejercicios: plug-ins que permiten usar los espacios duros de distintas formas.
Los elementos de madera, por contraposición, se apoyan sobre los suelos existentes. Tras retirar los revestimientos superficiales que había sobre los suelos, se decidió sanear la solera de hormigón del edificio con un mortero autonivelante, recuperando nuevamente el carácter crudo de los elementos preexistentes. Para acondicionar las zonas más íntimas de la vivienda, dormitorios y salón, se incluyeron unas plataformas de madera contrachapada, ligeramente elevadas sobre los suelos duros, apoyadas sobre listones de la misma madera, de forma similar a un tatami o a un tablao. Estos elementos pueden ser fácilmente retirados al abandonar la casa, al igual que el resto de intervenciones del patrimonio móvil de los habitantes.
NN06 busca profundizar en el valor mobilis en contraposición a los principios de valor estático, inmobiliario; busca reforzar la habitabilidad de un espacio a partir de una constelación de elementos de apoyo que posibilitan la actividad de sus habitantes.

Eulalia Gil es un proyecto de reactivación de un espacio industrial en la trama urbana de la ciudad de Madrid. Este proyecto forma parte de una serie cuya estrategia es la protección del patrimonio industrial de la ciudad a través de fórmulas de uso y ocupación que permitan prolongar su vida y evitar su derribo.
La actividad industrial en el centro la ciudad de Madrid ha ido perdiendo su peso paulatinamente en los últimos 30 años, hasta encontrarse en la situación actual, en la que dicho uso prácticamente ha desaparecido. Las causas son similares a las de muchos otros centros urbanos; por una parte la normativa de protección ambiental en términos de ruido y emisiones y por otra el aumento del valor del suelo, provocaron la emigración de estos usos a la periferia de la ciudad. Como consecuencia, las naves industriales urbanas han ido quedando obsoletas, siendo empleadas fundamentalmente por los pequeños gremios que todavía retienen estas propiedades. La mayoría de estos espacios, se encuentran en las plantas bajas de edificios residenciales, extendiéndose más allá del fondo del edificio e invadiendo el espacio de los patios de manzana. Tratándose ahora de una trama fundamentalmente residencial y comercial, que ya no requiere del uso de estos espacios de gran volumen y superficie, la normativa urbanística vigente busca recuperar los patios de manzana y por tanto el derribo de las estructuras que los ocupan. La herramienta empleada para ello es el cambio de uso, del uso industrial al uso residencial.
Un espacio industrial podrá convertirse en un espacio residencial siempre y cuando se cumplan una serie de requisitos descritos en la ordenanza municipal, tales como condiciones mínimas de iluminación, ventilación o accesibilidad. El cambio más drástico sin embargo supone la limitación del fondo de la edificación, que impide implantar el uso residencial en aquellas construcciones que invadan los patios de manzana, obligando a la demolición de las naves industriales que los ocupaban. El incentivo para realizar estos cambios de uso lo pone el mercado inmobiliario, provocando que el valor del suelo se pueda triplicar o cuadruplicar al convertirse en un espacio residencial, principalmente espoleado por la burbuja de los precios del alquiler que sufre la ciudad. Si bien parte de esta situación es comprensible, ya que existe una pretensión de mejora de las condiciones interiores de las manzanas residenciales, se condena la ciudad cada vez más a un uso unitario y a esta tipología a la desaparición. Elements for industrial recovery trata de dar con herramientas urbanísticas y arquitectónicas que permitan mantener estas estructuras en un contexto que quiere verlas desaparecer.
Eulalia Gil era un almacén de objetos dispares. Restos de propiedades familiares no reclamadas, muebles en desuso, libros en mal estado y muchos otros objetos. Un espacio determinado más por su contenido que por su condición de contenedor. De forma inconsciente ha sido esta condición la que guío el proyecto de reforma, un espacio condicionado esta vez por la colección de objetos de su nuevo habitante. Fotografías de gran formato, herramientas de trabajo, mobiliario rescatado y restaurado, una cocina proveniente de un restaurante en quiebra, un banco proveniente de una iglesia abandonada y plantas de distinto tipo y tamaño, entre los muchos objetos que componen la colección, generan distintas composiciones entre sí, haciendo que el espacio se comporte como un gran fondo.
En línea con esta idea, las intervenciones que no afectan directamente a la envolvente se tratan como objetos que se suman a esta colección. Concretamente se desarrollan una escalera y un portón para conectar y aislar un pequeño espacio de intimidad para el habitante, que contrastan con el resto de la nave por su color, materialidad y forma. El portón desliza entre la estructura y la escalera, rozando sin tocar los espacios de delimita, posibilitando el acceso de uno a otro a través de una pequeña puerta de paso, que recuerda a los portones industriales propios de este tipo de naves. La escalera de acceso se complementa con una barandilla compuesta por dos tubos amarillos que se señalan desde dentro y fuera de la habitación.
El resto del espacio se trata como un fondo neutro que ponga en valor el contenido, saneando las zonas necesarias a través de grandes parches de yeso o mortero de cal.
Eulalia Gil juega con la idea romántica del atelier, en el que el contenido cobra relevancia por encima del contenedor, centrando la experiencia en las distintas relaciones que los objetos que componen el espacio generan entre sí.

A diferencia de otras estructuras de la ciudad como el Mercado de Vallehermoso o el Mercado de San Miguel, estructuras tradicionales que han pasado por un proceso de modernización de sus antiguos edificios, el Mercado San Antón cuenta con un continente contemporáneo, un edificio de nueva planta inaugurado en 2011 de reconocida calidad arquitectónica y una propuesta principalmente gastronómica y orientada al producto gourmet. Sin embargo, la Asociación de Comerciantes, detectando un cambio de interés en su público, más inclinado a situaciones mixtas entre compra de producto de proximidad y consumo gastronómico, plantea un concurso de arquitectura por invitación para renovar el mercado interiormente y poder adaptarlo a las demandas actuales.
Nuestra propuesta, ganadora de dicho concurso, plantea como principal intervención recuperar el núcleo central del mercado, transformándolo en una gran plaza, espacio de encuentro, foco de actividad e intercambio. Para ello se propone una estructura central que concentre la mayor parte de los puestos de abastos. Un núcleo centrado en el producto, en recuperar el mercar como foco principal. La estructura propuesta aúna en un único gesto varios puestos de mercado mediante al uso de un elemento continuo, que va tomando forma de mostrador, barra, urna o vitrina según las necesidades de cada puesto y producto. Una pieza de diseño contemporáneo basada en formas, elementos y materiales tradicionales, como son el granito o acero inoxidable, habitualmente usados por sus condiciones de durabilidad e higiene.
Esta estructura, se completa a través de un elemento común de cierre que funciona simbólicamente como bisagra entre el mercado de abastos (más diurno) y el gastronómico (más nocturno): una serie de seis cierres contrapesados, realizados con malla electrosoldada plegada sobre sí misma, que hace las veces de cartel elevable, mostrando los productos que se pueden adquirir allí cuando el puesto está abierto, y un cartel elevado, que ejerce de icono y punto de referencia para los momentos en el que el mercado tradicional está cerrado, pero el mercado gastronómico está en plena ebullición. Este gesto no solo tiene ambición de concentrar la atención y la actividad principal de la planta primera, sino que también pretende solucionar los problemas de circulación que presentaba la distribución anterior, dispuesta en galerías perimetrales. Por otra parte, para intervenir en los espacios de circulación y exterior de los puestos laterales, trabajamos de nuevo fundamentalmente en la redefinición estética y material de mostradores y rótulos de cada puesto, recuperando materialidad y soluciones propias de los mercados de abastos: carteles retroiluminados realizados en policarbonatos celulares translúcidos, mostradores de acero inoxidable, e incluso la recuperación y puesta en valor de barras de cuelgue tan propias de los puestos de mercado. En la misma línea, se diseña junto con Arkilum una familia de luminarias en chapa galvanizada ondulada que refuerzan el hilo conductor material, haciendo las veces de falso techo reflectante de las zonas comunes.
Las obras de reforma interior del mercado de San Antón se realizaron sin cerrar un solo día el espacio por completo, lo que exigió que el proyecto se descompusiera en muchas pequeñas piezas que pudieran prefabricarse para ser posteriormente instaladas en el mercado de forma fácil y rápida.

Guata es un proyecto de recepción para el Centro de Arte Dos de Mayo de Móstoles.
El Centro de Arte Dos de Mayo se ha caracterizado prácticamente desde su creación por ser un museo con una marcada intención por ser un centro abierto, accesible, que permea con su entorno inmediato, evitando convertirse en un centro deslocalizado perteneciente a la élite intelectual de la capital. Se define como "institución blanda: una baja institucionalidad que permite la entrada a todo cuerpo posible" en palabras de Manuel Segado, director del CA2M entre los años 2016 y 2023. El proyecto para su nueva recepción parte de esta premisa del museo como un espacio de intimidad y proximidad con el visitante.
En concordancia con esta idea de centro abierto, su actividad desborda los límites habituales de lo que asociamos a un museo, siendo sede de festivales de música, talleres educacionales de muy distinto tipo, conferencias, grupos de trabajo, espacios de cultivo, espacios de estudio y lectura y, por supuesto, exposiciones. Partimos por tanto de un recibir ampliado y diverso, difícil de unificar en un elemento estático.
La propuesta buscó por tanto recoger estas premisas en un objeto dinámico, cambiante, con capacidad de reacción ante de agenda propuesta por el CA2M.
Guata funciona como un santo al que vestir: se trata de una estructura alámbrica con una cobertura cambiante; un vestido para cada temporada. Una clara diferenciación entre lo duro, el hueso y lo blando, la piel.
La parte dura se piensa como si fuera un esqueleto, que marca las líneas formales del cuerpo al que dará sustento, pero dejando una variabilidad formal relacionada con la masa que acabará de componer el cuerpo. En este caso se trata de una concatenación de elementos funcionales básicos llevados a su mínima expresión: una mesa, un mostrador y una estantería definidas por sus aristas alámbricas. Las conexiones entre estos elementos rompen con su sobriedad formal y funcional dando pie a la generación de nuevos volúmenes indefinidos, que difuminarán la silueta final. Estas conexiones se lacan en un color primario, verde primavera, marcando estas piezas como clave a la hora de leer este proyecto.
La parte blanda es la carne, la piel y el vestido. Se plantea un proyecto de temporada, es decir, una vestimenta acorde tanto con la temporada tanto a nivel climático como a nivel de programación de actividades del centro. Cada vestido responde al momento en que se encuentra el museo. La rigidez y la consistencia de cada tejido, genera una forma ligeramente distinta, pudiendo transmitir de forma distinta al visitante: cobijo, protección, seducción, provocación, etc.
El vestido con el que se inauguró esta pieza era un tejido carnoso, acolchado propio de abrigos y edredones. Se trata de un tejido guateado, término del que toma el nombre este proyecto: Guata. "A modo de una mesa camilla agigantada, deforme y tentacular, el mueble cobija a nuestras recepcionistas proporcionando el confort básico para poder realizar su función de cuidados." en palabras de Manuel Segade.
Guata es un proyecto de recepción cambiante, que busca su sitio y altera su aspecto en función del momento en que se encuentre el CA2M.

El proyecto toma como punto de partida la combinación de tres referentes de la tradición gastronómica gallega: la taberna, la feria del pulpo y la verbena.
Se toma como valor predominante la tradición vinculada al pulpo a feira, originariamente preparado en puestos callejeros durante las ferias periódicas en pequeñas poblaciones. Los espacios que acogen este proceso suelen estar cubiertos por carpas de lona plástica estandarizadas, con todo el proceso de preparación y cocción expuesto al visitante: almacenamiento de cajas y bebidas, barras de pan a la espera de ser cortadas, ollas humeantes, utensilios colgados de barras de apoyo, arcones de refrigeración y alimentos preparados y por preparar.
La estrategia se centra en trasladar los valores inherentemente efímeros de este espacio a un contenedor estático. El espacio recoge por tanto los recursos y mecanismos propios de las ferias convirtiéndose en una especie de carpa explotada. Un toldo de lona plástica recibe al visitante al acceder al espacio y vuelve a aparecer al fondo del espacio cerrando la zona de comedor. La experiencia se configura como un trayecto por distintos espacios de la gastronomía gallega informal.
El visitante accede a una taberna, pasa por la cocina y el almacén para llegar al comedor de feria y posteriormente a la carpa de verbena.
Cada uno de los espacios recoge elementos y materiales propios de estos espacios como el granito, el acero inoxidable o los enfoscados brutos. La naturaleza del espacio es infraestructural, acercándose más a una lonja que a un restaurante. Todo el espacio es inundable de manera que puede limpiarse fácilmente con manguera y haragán, gracias a un sistema de sumideros.
A nivel operativo se toman como referencia dinámicas y situaciones de los bares gallegos tradicionales. Todos los elementos del espacio quedan expuestos, desde las cajas de plástico en las que suministran las bebidas hasta los utensilios de cocina y ollas en proceso de cocción. Para facilitar este proceso se introducen una serie de elementos que actúan como estructuras de apoyo, marcadas en color amarillo, que hacen de puntos de cuelgue para cortinas, utensilios, mangueras de limpieza, luminarias, etc. Sumado a esto un proyecto de decoración informal va ocupando paulatinamente los muros perimetrales: fotos de los propietarios con la clientela, antiguas fotografías de equipos de fútbol, trofeos de ciclismo, figuras conmemorativas del Xacobeo o souvenirs de viajes de amigos y familiares.
La cocina actúa como corazón del proyecto, tanto a nivel espacial como conceptual. Se configura como núcleo de instalaciones desde el cual parten todos los conductos de extracción, ventilación y acondicionamiento del espacio. Es aquí donde también se sitúan tanto la maquinaria de cocina como las campanas extractoras.
Finalmente el espacio de comedor, a medio camino entre un almacén y un comedor de feria, queda cubierto por una lona plástica rayada en dos colores, que se configura como umbral entre un espacio interior y un espacio exterior.
O’Bochinche es una estrategia doble. Por un lado, una casa de comidas típica gallega que toma elementos de los ritos y costumbres populares de la zona y por otro un espacio que se vale de elementos técnicos para hacer posible un proyecto de restauración y cocina de vanguardia tradicional.


La actividad industrial en el centro la ciudad de Madrid ha ido perdiendo su peso paulatinamente en los últimos 30 años, hasta encontrarse en la situación actual, en la que dicho uso prácticamente ha desaparecido. Las causas son similares a las de muchos otros centros urbanos; por una parte la normativa de protección ambiental en términos de ruido y emisiones y por otra el aumento del valor del suelo, provocaron la emigración de estos usos a la periferia de la ciudad. Como consecuencia las naves industriales urbanas han ido quedando obsoletas, siendo empleadas fundamentalmente por los pequeños gremios que todavía retienen estas propiedades. La mayoría de estos espacios se encuentran en las plantas bajas de edificios residenciales, extendiéndose más allá del fondo del edificio e invadiendo el espacio de los patios de manzana. Tratándose ahora de una trama fundamentalmente residencial y comercial, que ya no requiere del uso de estos espacios de gran volumen y superficie, la normativa urbanística vigente busca recuperar los patios de manzana y por tanto el derribo de las estructuras que los ocupan. La herramienta empleada para ello es el cambio de uso, del uso industrial al uso residencial.
La modificación más drástica para realizar este cambio de uso supone la limitación del fondo de la edificación, que impide implantar el uso residencial en aquellas construcciones que invadan los patios de manzana, obligando a la demolición de las naves industriales que los ocupaban. El incentivo para realizar estos cambios de uso lo pone el mercado inmobiliario, provocando que el valor del suelo se pueda triplicar o cuadruplicar al convertirse en un espacio residencial, principalmente espoleado por la burbuja de los precios del alquiler que sufre la ciudad. Elements for industrial recovery trata de dar con herramientas urbanísticas y arquitectónicas que permitan mantener estas estructuras en un contexto que quiere verlas desaparecer.
CNM era en origen un espacio de almacenamiento consistente en una gran cubierta continua a dos aguas, cerrada lateralmente por muros prácticamente opacos. La propuesta busca abrir este espacio y reflejar el espíritu de su nueva propietaria: una artista cuyo trabajo se centra en la distorsión perceptiva desde lo tecnológico y lo digital. El proyecto toma estas premisas para generar una imagen distorsionada a través de un juego de capas materiales que se desdoblan, transparencias que se convierten en reflejos o espacios interiores que se dislocan para convertirse en exteriores, al modo en que Magritte jugaba con la percepción de lo visible y lo invisible en su célebre Le Blanc-seing.
El proyecto se materializa a través de un muro exterior en forma de gran arquería pétrea, acabada con un mortero rugoso a la tirolesa, perforado por huecos regulares que combinan vidrios fijos con puertas correderas, superpuestos los unos a los otros. Por otra parte se fuerza la imagen de continuidad de la cubierta, visible sin interrupción desde cualquier punto de la nave, perforada estratégicamente para iluminar ciertas partes del espacio. El resultado de la relación entre esta cubierta continua y esa gran arquería, que se dobla sobre sí misma, genera una serie espacios que se superponen, en los que el exterior y el interior o los distintos planos de profundidad se funden. Sólo dos volúmenes materiales marcan de manera intencional un contraste con el resto del espacio, funcionando como puntos de referencia que marcan el inicio y el final: dos piezas servidoras, que contienen baños, armarios, espacios de instalaciones y demás elementos de apoyo al espacio principal. La primera de ellas es un volumen amarillo , que marca la entrada al espacio, mientras que la otra es un volumen de madera que cierra el recorrido interior de la nave.
Por último, el proyecto de amueblamiento refuerza la idea de indeterminación del espacio a través de una colección de objetos que se mueven a través de los espacios, pudiendo arrastrar con ellos distintos usos a distintas partes de la nave. Estos objetos han sido dimensionados de tal manera que puedan atravesar la arquería, facilitando el tránsito entre espacios.

Parte de los diseños que nos rodean se interpretan como inexistentes, ya que se inscriben en elementos funcionales como herramientas, señales o maquinaria. Se asume que las decisiones formales, cromáticas y compositivas responden a pautas marcadas por la más estricta funcionalidad, aunque existen claras pautas estéticas. Forman algo así como una estética de lo funcional, que sin embargo tiene patrones muy marcados: colores planos y elementales; rasgos ergonómicos o una tendencia a la abstracción en su forma, que hace difícil reconocer su escala cuando están fuera de contexto. Normal Furniture toma patrones de color y forma propios de estos elementos. La serie se compone de un perchero, un toallero, una mesa y una estantería, que se complementan con diferentes materiales que configuran las superficies de apoyo de los elementos que lo requieren.

MRT es un proyecto de reactivación de un espacio industrial en la trama urbana de la ciudad de Madrid. Este proyecto forma parte de la serie “Elements for Industrial Recovery”, cuya estrategia es la protección del patrimonio industrial de la ciudad a través de fórmulas de uso y ocupación que permitan prolongar su vida y evitar su derribo.
La actividad industrial en el centro la ciudad de Madrid ha ido perdiendo su peso paulatinamente en los últimos 30 años, hasta encontrarse en la situación actual, en la que dicho uso prácticamente ha desaparecido. Las causas son similares a las de muchos otros centros urbanos; por una parte la normativa de protección ambiental en términos de ruido y emisiones y por otra el aumento del valor del suelo, provocaron la emigración de estos usos a la periferia de la ciudad. Como consecuencia las naves industriales urbanas han ido quedando obsoletas: son demasiado grandes para ser empleadas por el comercio local, demasiado caras para la industria, demasiado restrictivas a nivel normativo para el uso recreativo y poco lucrativas para las nuevas generaciones que heredan los negocios familiares en activo hasta ahora. Generan un vacío de uso.La mayoría de estos espacios se encuentran en las plantas bajas de edificios residenciales, extendiéndose más allá del fondo del edificio e invadiendo el espacio de los patios de manzana. Tratándose ahora de una trama fundamentalmente residencial y comercial, que ya no requiere del uso de estos espacios de gran volumen y superficie, la normativa urbanística vigente busca recuperar los patios de manzana y por tanto el derribo de las estructuras que los ocupan. La herramienta empleada para ello es el cambio de uso, del uso industrial al uso residencial.
La modificación más drástica para realizar este cambio de uso supone la limitación del fondo de la edificación, que impide implantar el uso residencial en aquellas construcciones que invadan los patios de manzana, obligando a la demolición de las naves industriales que los ocupaban. El incentivo para realizar estos cambios de uso lo pone el mercado inmobiliario, provocando que el valor del suelo se pueda triplicar o cuadruplicar al convertirse en un espacio residencial, principalmente espoleado por la burbuja de los precios del alquiler que sufre la ciudad. La clave para su activación está en la implantación de usos híbridos. Estas naves no pueden entenderse de forma rígida, sino que exigen de una forma de ocupación más líquida, que pueda aprovechar las cualidades espaciales de esta tipología y optimizar el gasto que requiere su adaptación. Elements for industrial recovery trata de dar con herramientas urbanísticas y arquitectónicas que permitan mantener estas estructuras en un contexto que quiere verlas desaparecer.
MRT era en su origen un gran espacio cerrado, empleado desde la fecha de su construcción como almacén de bebidas y alimentos. La distribución interior era fundamentalmente diáfana, tratando de maximizar las posibilidades de almacenamiento, con escasos huecos que garantizaran iluminación o ventilación, innecesarios para la actividad desarrollada.
Para poder dar cabida al nuevo uso que iba a recibir este espacio, un híbrido entre un espacio para trabajar, exponer y habitar, se propuso atomizar los distintos requisitos y deseos por parte de los nuevos inquilinos y ordenarlos en una retícula programática. Lo que comenzó como un esquema abstracto de distribución de usos, acabó tomando entidad tectónica para convertirse en los elementos constructivos que configuran el espacio. El espacio resultante es un espacio entrecortado, compartimentado, totalmente contrapuesto al espacio original. Una malla compuesta por muros ordena el espacio en cápsulas programáticas más abiertas o cerradas en función del uso que alojen: una cocina, un estudio, una biblioteca, un patio, un comedor, un baño, espacios de descanso, un jardín de invierno, una sala de escritura y una plaza de aparcamiento. La retícula de casillas abstractas, inicialmente uniformes, se deforma y adapta a la estructura preexistente y a los requisitos de cada uso. Materialmente las divisiones toman forma de muros de fábrica de gran espesor enfoscados en mortero de cal, conectados entre sí por huecos de mayor o menor tamaño.
Para acondicionar las casillas de descanso se propone una estructura independiente, una pequeña construcción de madera, que se introduce en la malla como un elemento ajeno que parasita un espacio. Esta cabaña interior acoge los espacios más íntimos de la trama y da servicio a los distintos usos que la rodean tomando forma de estantería para biblioteca, mesa para estudio y armario para almacenar.
A pesar de que en este caso el programa es muy concreto, la estructura espacial acondiciona cada una de las casillas de forma similar, posibilitando que cada una de ellas asuma usos distintos en el futuro. Las dos posiciones más marcadas son dos patios, uno abierto y uno cerrado, que aportan luz y ventilación cruzada al conjunto del espacio.