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Las cocinas museo | Arquia - Centro de Documentación
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Las cocinas museo

Ceremonia de ensamblajes

Descripción

Cox es un pueblo de la Vega Baja que tradicionalmente ha estado vinculado al sector agrícola. En los años 50 las dificultades económicas provocaron que los agricultores dejaran de vender sus productos a los intermediarios y ser ellos mismos quienes cosecharan, manipularan y vendieran su materia prima. Un cambio de modelo donde los agricultores pasaron a ser también distribuidores. Este modelo se fue extendiendo y comenzaron así a crearse grandes redes comerciales nacionales e internacionales de exportación de cítricos y hortalizas todo desde una estructura familiar y doméstica.

Si la economía de Cox estaba creciendo, las casas también lo hacían. Los bajos de las casas pasaron a ser para las familias el lugar del trabajo y el espacio domestico donde se pasaba la mayor parte del tiempo y comenzaron a construirse una segunda cocina por cuestiones productivas y de higiene.

Se pueden diferenciar por tanto dos tipos de cocinas dentro de las casas de Cox: las cocinas de planta baja o “Cocina de uso” cocinas de uso intensivo, muy vinculadas al trabajo diario, y por otro lado las “Cocina museo” que se sitúan en la planta primera y que poco a poco han ido perdiendo su utilidad en la vivienda hasta convertirlas en algo de uso muy ocasional.

Si las dobles cocinas nacieron como una necesidad productiva y de higiene vinculadas a la agricultura ahora aparecen en viviendas no vinculadas con la agricultura y donde el tener dos cocinas se percibe como un estatus social dentro Cox. Se crea así una tipología de vivienda propia que ensambla la arquitectura vernácula de la Vega Baja con cuestiones de producción agrícola.

Una ceremonia de ensamblajes

Una visita por 8 casas y sus 16 cocinas. Una mesa-cocina formada por un tablero de tierra compactada procedente de las huertas de Cox. Sostenida por cajas de las grandes empresas de la fruta de la zona que se fusionan entre sí. Una ceremonia de ensamblajes que reflexiona sobre las dos realidades, materiales y políticas, que conforman el imaginario de las cocinas.

Autoría y colaboradores

Autor

Diego Abellán Rodríguez
Joaquín Lucas Guirao

Fotografía

Joaquín Lucas Guirao

Información

Dirección

Cox, Alicante

Tipo de uso

Ensayo

Sección

Próxima

VII Edición 2018-2019
2020
VIII Edición 2020-2021
2022
IX Edición 2022-2023
2024
X Edición 2024-2025
2026

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Se ha decidido explorar individualmente elementos asociados tradicionalmente con “la clásica promoción de vivienda” —pavés, monocapa blanco, mármol, gresite, carpinterías de madera, enlucido interior— no desde la nostalgia ni desde la cita literal, sino como un inventario de materiales comunes que, al ser reordenados con intención, permiten hablar de un imaginario colectivo de nuestro territorio. En este sentido, lo “local” no se entiende solo como lo geográfico, sino como una memoria material colectiva: un conjunto de texturas y soluciones constructivas que pertenecen a un imaginario doméstico ampliamente reconocible. Trabajar con ello es operar sobre un territorio que no se mide en kilómetros, sino en hábitos, percepciones y códigos que nos conectan.

El espacio original presentaba una geometría rectangular, con una sala abierta como espacio principal y una pequeña zona de servicio al fondo. La primera decisión fue respetar la amplitud y la altura del espacio principal, evitando la compartimentación como respuesta automática, e introducir una pieza capaz de acoger una zona más reservada. Esta operación plantea un equilibrio entre dos escalas: la del vacío disponible —casi infraestructural— y la de un uso cotidiano que necesita cercanía, concentración y confort. El pilar circular existente se convierte en guía: un punto fijo que ordena la circulación, define un centro sin imponer una direccionalidad rígida y permite que el espacio se lea como un campo continuo, flexible, abierto a cambios.

A partir de ahí, la conexión interior–exterior se aborda como un problema contemporáneo: hoy la relación con “lo de fuera” rara vez es solo física. Vivimos entre capas de presencia y exposición, entre lo público y lo íntimo, con fronteras cada vez más borrosas. Por eso el pavés aparece como una herramienta precisa: una tecnología simple, previa a lo digital, pero sorprendentemente actual para negociar visibilidad, privacidad y luz sin recurrir a gestos espectaculares. Repetido 1.000 veces, funciona casi como una matriz: una piel porosa que filtra, suaviza y hace ambiguo el límite, permitiendo estar conectado sin quedar completamente expuesto. No es una fachada que “muestra”, sino que “media”.

Además, esta envolvente no se limita a una cuestión perceptiva. Al comportarse como colchón térmico y acústico, introduce una lógica de recursos: mejorar el confort con una solución pasiva, robusta y fácilmente mantenible. En un contexto donde el campo de acción puede parecer infinito, el proyecto vuelve a recordar que el soporte físico tiene límites: el espacio, la energía, el presupuesto, los materiales disponibles. Frente a la idea de que todo es posible, se propone una arquitectura que elige: que trabaja con lo existente, que reduce transformaciones innecesarias y que encuentra valor en lo ordinario cuando se coloca en la posición correcta.

La ligera torsión del acceso refuerza esta estrategia. No se trata de “diseñar una entrada”, sino de construir un pequeño tiempo de transición: un retraso voluntario entre calle e interior que evita el impacto frontal, protege la intimidad y genera visuales indirectas. Ese gesto mínimo produce una experiencia más compleja, casi como cuando pasamos de una capa a otra —de lo público a lo privado, de lo visible a lo filtrado— sin necesidad de levantar muros ni multiplicar dispositivos.

En conjunto, la propuesta puede dialogar con unas bases que entienden el territorio como algo cambiante y ampliado: no solo suelo, sino también cultura, energía y ecología. Aquí, lo cultural se activa mediante un repertorio material reconocible reinterpretado con rigor; lo energético aparece en decisiones de confort pasivo (luz tamizada, amortiguación térmica/acústica, control de la exposición); y lo ecológico se aborda desde la contención: respetar la estructura, evitar demoliciones innecesarias, priorizar soluciones duraderas y reversibles, y construir más con organización y criterio que con cantidad. La arquitectura, así, no se limita a “dar forma” a un interior: se posiciona como mediadora entre capas de realidad —calle y refugio, imagen y materia, exceso y límite— y convierte un local existente en un pequeño territorio habitable, consciente y conectado.

La ruta de la alcachofa
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La ruta de la alcachofa

Casa sobre casa
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Casa sobre casa

Al sur de la provincia de Alicante, la casa se inserta en una pequeña urbanización como una pieza de transición: no está completamente en la ciudad, pero tampoco en plena naturaleza. Su posición intermedia construye un vínculo directo entre dos territorios que hoy se solapan constantemente: el de la vida doméstica urbana —reglada, cercana, con vecinos— y el de un paisaje que sigue operando como referencia cultural, climática y emocional. En ese borde, el proyecto entiende el territorio no solo como suelo o como vista, sino como un sistema de relaciones: orientación, recorridos, ventilación, sombras, privacidad, energía y maneras de habitar.

Los dos volúmenes diseñados establecen dos niveles de interacción con el entorno. El primero, en planta baja, se relaciona libremente con el jardín: es el plano mediterráneo por excelencia, donde vivir implica salir, entrar, cruzar sombras, improvisar usos y compartir. Para mantener ese carácter exterior tan propio del lugar, la vivienda se abre al jardín e invita a habitarla sin restricciones. La planta, deliberadamente abierta, convierte el límite en un filtro: los paneles de celosía cuadrada enmarcan las vistas y regulan la exposición, no como barrera, sino como mediación. Frente a la transparencia total —que muchas veces solo produce dependencia del vidrio, del control mecánico y de la exhibición— la celosía propone un borde habitable, capaz de dar sombra, tamizar y construir intimidad sin aislar. El volumen más sólido, que aloja servicios y un salón cerrado, completa el equilibrio entre lo flexible y lo protegido, entre lo común y lo específico. Así, el espacio interior se extiende hacia el exterior y el jardín deja de ser “parcela” para convertirse en estancia, reforzando una cultura local de vida al aire libre basada en el clima y en la sombra.

El volumen superior, en la planta principal, “dibuja” la casa y establece una relación distinta con el territorio: menos inmediata y más contemplativa. Una zona diáfana conecta cocina, comedor y estar, generando un continuo doméstico donde el paisaje no es un fondo, sino un interlocutor. A través de las grandes puertas correderas del porche frontal, las montañas lejanas se acercan y se incorporan a la vida diaria, como si el territorio ampliara el espacio útil de la casa. No es solo una cuestión de vistas: es también una forma de regular la luz, de capturar brisas, de producir una profundidad climática que reduce la necesidad de artificio. La vivienda trabaja con recursos finitos, energía, confort, materialidad, mediante estrategias espaciales sencillas que multiplican su rendimiento.

La zona de descanso, resuelta como una tira de dormitorios en serie, se desplaza a un segundo plano y se retira para el recogimiento. Esa retirada no es un cierre, sino un cambio de intensidad: dado que alberga lo íntimo, las habitaciones enmarcan de forma más directa la sierra posterior, construyendo una relación más concentrada y silenciosa con el paisaje. En conjunto, el proyecto propone una lectura contemporánea del territorio: las fronteras interior/exterior se difuminan de manera controlada, la casa actúa como filtro entre urbanización y naturaleza, y la arquitectura se entiende como herramienta para negociar límites, visuales, climáticos, sociales, en un contexto donde todo está conectado, pero el soporte físico y sus recursos siguen imponiendo una realidad concreta.