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1000 piezas | Arquia - Centro de Documentación

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1000 piezas

ABEZ

1000 piezas

Descripción

Se ha decidido explorar individualmente elementos asociados tradicionalmente con “la clásica promoción de vivienda” —pavés, monocapa blanco, mármol, gresite, carpinterías de madera, enlucido interior— no desde la nostalgia ni desde la cita literal, sino como un inventario de materiales comunes que, al ser reordenados con intención, permiten hablar de un imaginario colectivo de nuestro territorio. En este sentido, lo “local” no se entiende solo como lo geográfico, sino como una memoria material colectiva: un conjunto de texturas y soluciones constructivas que pertenecen a un imaginario doméstico ampliamente reconocible. Trabajar con ello es operar sobre un territorio que no se mide en kilómetros, sino en hábitos, percepciones y códigos que nos conectan.

El espacio original presentaba una geometría rectangular, con una sala abierta como espacio principal y una pequeña zona de servicio al fondo. La primera decisión fue respetar la amplitud y la altura del espacio principal, evitando la compartimentación como respuesta automática, e introducir una pieza capaz de acoger una zona más reservada. Esta operación plantea un equilibrio entre dos escalas: la del vacío disponible —casi infraestructural— y la de un uso cotidiano que necesita cercanía, concentración y confort. El pilar circular existente se convierte en guía: un punto fijo que ordena la circulación, define un centro sin imponer una direccionalidad rígida y permite que el espacio se lea como un campo continuo, flexible, abierto a cambios.

A partir de ahí, la conexión interior–exterior se aborda como un problema contemporáneo: hoy la relación con “lo de fuera” rara vez es solo física. Vivimos entre capas de presencia y exposición, entre lo público y lo íntimo, con fronteras cada vez más borrosas. Por eso el pavés aparece como una herramienta precisa: una tecnología simple, previa a lo digital, pero sorprendentemente actual para negociar visibilidad, privacidad y luz sin recurrir a gestos espectaculares. Repetido 1.000 veces, funciona casi como una matriz: una piel porosa que filtra, suaviza y hace ambiguo el límite, permitiendo estar conectado sin quedar completamente expuesto. No es una fachada que “muestra”, sino que “media”.

Además, esta envolvente no se limita a una cuestión perceptiva. Al comportarse como colchón térmico y acústico, introduce una lógica de recursos: mejorar el confort con una solución pasiva, robusta y fácilmente mantenible. En un contexto donde el campo de acción puede parecer infinito, el proyecto vuelve a recordar que el soporte físico tiene límites: el espacio, la energía, el presupuesto, los materiales disponibles. Frente a la idea de que todo es posible, se propone una arquitectura que elige: que trabaja con lo existente, que reduce transformaciones innecesarias y que encuentra valor en lo ordinario cuando se coloca en la posición correcta.

La ligera torsión del acceso refuerza esta estrategia. No se trata de “diseñar una entrada”, sino de construir un pequeño tiempo de transición: un retraso voluntario entre calle e interior que evita el impacto frontal, protege la intimidad y genera visuales indirectas. Ese gesto mínimo produce una experiencia más compleja, casi como cuando pasamos de una capa a otra —de lo público a lo privado, de lo visible a lo filtrado— sin necesidad de levantar muros ni multiplicar dispositivos.

En conjunto, la propuesta puede dialogar con unas bases que entienden el territorio como algo cambiante y ampliado: no solo suelo, sino también cultura, energía y ecología. Aquí, lo cultural se activa mediante un repertorio material reconocible reinterpretado con rigor; lo energético aparece en decisiones de confort pasivo (luz tamizada, amortiguación térmica/acústica, control de la exposición); y lo ecológico se aborda desde la contención: respetar la estructura, evitar demoliciones innecesarias, priorizar soluciones duraderas y reversibles, y construir más con organización y criterio que con cantidad. La arquitectura, así, no se limita a “dar forma” a un interior: se posiciona como mediadora entre capas de realidad —calle y refugio, imagen y materia, exceso y límite— y convierte un local existente en un pequeño territorio habitable, consciente y conectado.

Autoría y colaboradores

Autor

Diego Abellán Rodríguez
Inma Jiménez López

Información

Dirección

ALICANTE, ESPAÑA

Fecha de inicio

2023-02-01

Fecha de fin

2023-05-01

Superficie construida

98

Coste por metro cuadrado

800

material

Hormigón

Tipo de uso

Reforma

Sección

Próxima

IX Edición 2022-2023
2024
X Edición 2024-2025
2026
PREMIO DIN 2025 CDICV - CATEGORÍA OFICINAS

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La vivienda se sitúa en Los Montesinos, en pleno casco urbano, en una parcela estrecha y alargada encajada entre medianeras. Y precisamente por esa condición “apretada”, el proyecto trabaja el territorio no como paisaje lejano, sino como algo que ocurre dentro: en la sección, en la luz, en la materia y en la forma local de habitar. El patio en un extremo no es solo un vacío, es un dispositivo para volver a conectar los espacios principales con el exterior, construyendo una relación cotidiana con el clima y con la calle sin necesidad de expandirse.

Al excavar aparece el caliche, la costra calcárea propia de la zona, con sus estratos expuestos. En lugar de ocultarla, se incorpora puntualmente como “piedra de origen”: un recordatorio físico de que el campo de acción puede ser enorme, pero el soporte material es finito y concreto. Esa decisión desplaza el foco del gesto a la lectura del lugar: el territorio entendido como capas, geológicas, sí, pero también culturales y energéticas, que condicionan tanto como cualquier límite parcelario.

Con el paso del tiempo, las viviendas contiguas han crecido en altura y la casa busca la luz abriéndose por cubierta mediante dos grandes aperturas. No es una operación formal; es una respuesta energética y temporal: el sol desciende hasta el nivel de la roca y hace visible el paso de las horas sobre la costra calcárea. Luz, piedra y recorrido solar quedan en relación directa, convirtiendo el interior en una especie de “mapa” vivo del tiempo. Así, el territorio se vuelve también una cuestión de energía y de ciclos, no solo de geometría.

La planta longitudinal se organiza más como cadena de espacios que como piezas independientes. No hay pasillos: los límites son difusos y el recorrido se mezcla con la manera de habitar, como si la casa funcionara más como un continuo compartido que como suma de cuartos cerrados. Esa ambigüedad conecta con una realidad contemporánea donde las fronteras (privado/público, interior/exterior, presencia/ausencia) ya no son absolutas, sino negociaciones constantes.

Y hacia la calle, la vivienda casi no cambia: se conserva el zócalo de tirolesa, los cercos de mármol, y sobre todo la gran puerta de garaje que permite abrir la casa a los amigos, haciendo que el interior pueda ser también calle. Ahí aparece el territorio no geográfico: el de las costumbres, las formas de convivencia y esa vida a ras de suelo tan levantina. En el interior, yeso, gotelé y un suelo continuo de hormigón construyen un fondo neutro sobre el que la piedra emerge como algo excepcional. En conjunto, el proyecto propone que el territorio, más complejo que lo meramente físico, se activa desde lo doméstico: interpretando lo común, trabajando con lo existente y haciendo visible, el vínculo entre recursos, cultura y espacio.

Las cocinas museo
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Las cocinas museo

Cox es un pueblo de la Vega Baja que tradicionalmente ha estado vinculado al sector agrícola. En los años 50 las dificultades económicas provocaron que los agricultores dejaran de vender sus productos a los intermediarios y ser ellos mismos quienes cosecharan, manipularan y vendieran su materia prima. Un cambio de modelo donde los agricultores pasaron a ser también distribuidores. Este modelo se fue extendiendo y comenzaron así a crearse grandes redes comerciales nacionales e internacionales de exportación de cítricos y hortalizas todo desde una estructura familiar y doméstica.

Si la economía de Cox estaba creciendo, las casas también lo hacían. Los bajos de las casas pasaron a ser para las familias el lugar del trabajo y el espacio domestico donde se pasaba la mayor parte del tiempo y comenzaron a construirse una segunda cocina por cuestiones productivas y de higiene.

Se pueden diferenciar por tanto dos tipos de cocinas dentro de las casas de Cox: las cocinas de planta baja o “Cocina de uso” cocinas de uso intensivo, muy vinculadas al trabajo diario, y por otro lado las “Cocina museo” que se sitúan en la planta primera y que poco a poco han ido perdiendo su utilidad en la vivienda hasta convertirlas en algo de uso muy ocasional.

Si las dobles cocinas nacieron como una necesidad productiva y de higiene vinculadas a la agricultura ahora aparecen en viviendas no vinculadas con la agricultura y donde el tener dos cocinas se percibe como un estatus social dentro Cox. Se crea así una tipología de vivienda propia que ensambla la arquitectura vernácula de la Vega Baja con cuestiones de producción agrícola.

Una ceremonia de ensamblajes

Una visita por 8 casas y sus 16 cocinas. Una mesa-cocina formada por un tablero de tierra compactada procedente de las huertas de Cox. Sostenida por cajas de las grandes empresas de la fruta de la zona que se fusionan entre sí. Una ceremonia de ensamblajes que reflexiona sobre las dos realidades, materiales y políticas, que conforman el imaginario de las cocinas.