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LA OBRA ABIERTA (Vol I y II) | Arquia - Centro de Documentación

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LA OBRA ABIERTA (Vol I y II)

La Obra Abierta

Descripción

“No hay certezas y, si las hubiera, no se sostendrían en el tiempo, gran destructor.” Así comienza el texto inaugural de La Obra Abierta, en el que Eduardo Prieto reflexiona sobre la idea de la ruina a través de las obras de Giambattista Piranesi, John Soane o Robert Smithson. La cita, a pesar de abrir el libro, desvela su objetivo y su final: los espacios, lugares, historias y tiempos que contiene reflexionan sobre lo inacabado, las incertezas de la arquitectura y los pliegues de la materia.

Las obras, como la propia publicación, no concluyen en una anularidad perfecta. Siempre están expuestas a la acción del tiempo. Existe una suerte de simetría lírica entre aquello que no está terminado y lo que ha empezado ya su camino a la ruina. En torno a ese punto asintótico, respecto al que cabe acercarse o alejarse, hay una banda reverberante en la que es difícil saber si algo se encuentra cercano a su final, o si alguna vez llegó a darse por concluido y se sitúa entonces en una fase posterior de degradación. En ese espacio ambiguo y abierto se mueven los relatos de una Obra Abierta que se ha bifurcado, transformado y alterado desde la celebración de un seminario homónimo en la Universidad de Sevilla.

La densidad de historias contadas hace que sean presentadas en dos volúmenes, articulados, a su vez, en dos secciones: “Reflexiones”, en la que tienen cabida escritos propios y de autores invitados, y “Fragmentos”, compuesta de una colección de textos de referencia en los que se cruzan Franz Kafka, Italo Calvino o Marguerite Yourcenar con José Hierro, Rafael Moneo o Juan Navarro Baldeweg.

Escritura y arquitectura se diluyen, así, como líneas efímeras sobre la corriente. La arquitectura y el arte, como toda expresión creativa, son fugaces, perecederas, como lo son las hojas que componen esta publicación. Todo cuanto se escribe se convierte en polvo en el momento mismo en que se ha escrito. El interés por aquellas creaciones que se bifurcan entre lo inacabado o se encaminan hacia una inexorable ruina, es sobre lo que esta publicación quisiera reflexionar a través de la literatura. Una sucesión de espacios y escritos en los que depositar la vida misma, que mientras dura estará, por tanto, siempre inacabada, abierta.

Autoría y colaboradores

Autor

Francisco Javier Navarro de Pablos
Pablo Blázquez Jesús
Ángel Martínez García-Posada

Información

Fecha de fin

2020-12-31

Tipo de uso

Publicación

Sección

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Finalista XV Bienal Española de Arquitectura y urbanismo (Categoría Investigación)

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Nueva Planta de Sevilla
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Nueva Planta de Sevilla

Pablo de Olavide era un tipo ocupado. En el verano de 1767, solo un día después de ser nombrado asistente (alcalde) de Sevilla, el rey Carlos IV ya le había encomendado la colonización de la Andalucía vaciada. El limeño, enérgico y confiado, no duda en acometer ambas tareas porque, como buen ilustrado, espera que el empleo de la razón y de la ciencia sean garantía de su éxito. Olavide sabe que, para transformar la realidad y llevársela a su terreno, necesita primero asirla, entenderla: dibujarla. Es por eso que, adelantándose a lo que ocurrirá en los siglos venideros, tanto en las amplias faldas de la Sierra Morena como en las estrechas callejuelas hispalenses despliega el poder irresistible de la planificación urbana para llevar a cabo sus propósitos. El famoso plano de Sevilla que da a la luz en 1771 como uno de sus grandes logros responde plenamente a esa necesidad de conocer y controlar la ciudad para poder mejorarla. Así lo explica cuando escribe ese año a otro de los empeñados en la reforma del país, el conde de Aranda: «hasta ahora no se había sacado Plano alguno de una ciudad tan vasta y numerosa […], y siendo difícil comprenderla, era mucho más difícil gobernarla».

Treinta y cinco años antes, en otra gran ciudad, la Eterna, un grupo de entusiastas ha tenido la misma idea. No es que Roma esté precisamente falta de planos, pero desde luego sí de uno con la precisión geométrica y catastral que ya anuncian iniciativas como la de la familia Cassini, que en aquella época recorre Francia con sus instrumentos para triangularla y definirla hasta la última pulgada. Liderados por el abad hispano-milanés Diego Revillas, los eruditos romanos comparten su inquietud con un arquitecto recién llegado del norte de Italia, formado en topografía y agrimensura, que asume inmediatamente el proyecto como propio y vincula a él su destino: Giovanni Battista Nolli.

En el mundo de la arquitectura y el urbanismo, decir este nombre es tanto como señalar el origen de la ciudad contemporánea: comenzar a entender lo urbano como algo continuo, permanentemente vivido y revivido, que trasciende el simple límite entre exterior e interior para abordar toda la riqueza de lo intermedio, de los tránsitos por zaguanes, soportales, galerías y patios. Un vistazo al plano original, publicado tras diversos retrasos en 1748, bastará para distinguirlo rápidamente de tantos otros que nos pueden ser familiares: en él se nos revela por primera vez una ciudad abierta, en la que están ahí para nosotros no solo las calles y plazas sino las naves de las iglesias, los jardines de los palacios e, incluso, los claustros de los conventos más inaccesibles.

Nolli necesitó para publicar su obra maestra doce años, diecinueve planchas grabadas, toda la pericia técnica de un equipo altamente cualificado y el firme apoyo de la Iglesia, que le había brindado un salvoconducto para visitar y delinear hasta su último edificio. ¿Y si, en lugar de haber tenido que encarar continuos obstáculos en la Sevilla de su época, Olavide hubiera tenido la misma suerte? Esta es la pregunta que nos hicimos hace ahora siete años dos arquitectos recién egresados, compartiendo la misma ambición insensata que había llevado al lombardo a la quiebra y al limeño frente a la Inquisición. El resultado, tras muchas horas de intenso trabajo y la ayuda inestimable de la compañera Pilar Canterla, es la Nueva Planta de Sevilla, la visión de lo que pudo ser un levantamiento planimétrico de la Híspalis del último cuarto del siglo XVIII si las circunstancias hubieran sido más romanas. Los 1097 lugares señalados van desde elementos claramente reconocibles del callejero actual como la catedral, la plaza de San Francisco o la Alameda a oscuras referencias a sitios perdidos como la posada de Baviera, la cuesta de la Niña o el huerto de la Imagen, todos los cuales convivían en la Sevilla real del momento representado. Apoyados en una ingente labor previa de recopilación de plantas de edificios, padrones de vecinos, visitas a archivos y fotos furtivas a planos de evacuación de incendios, ofrecemos este trabajo como el mejor homenaje que sabemos hacer al lugar donde hemos nacido.

La Nueva Planta de Sevilla es una obra gráfica de Pedro Mena Vega y Javier Navarro de Pablos que se distribuye bajo encargo y una versión de ella a tamaño real (1.78 x 2.52 m) se halla expuesta en el vestíbulo de la Escuela de Arquitectura desde septiembre de 2025.

Sevilla en fiesta. El atlas del deseo
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Sevilla en fiesta. El atlas del deseo

La investigación estudia las transformaciones efímeras del espacio público de Sevilla a través de los ritos, fiestas y acontecimientos recogidos en las crónicas históricas desde la conquista cristiana hasta finales del siglo XIX. Estos pliegues escénicos se materializan en procesiones, altares efímeros, recibimientos reales, autos de fe, ferias, veladas o motines revolucionarios que condicionan –a la vez que se ven condicionados- por los espacios donde tienen lugar. Entendidos como proyectos de arquitectura y urbanismo, estos eventos son por primera vez recopilados y dibujados, aportando una colección de cartografías inéditas que dibujan una ciudad inalcanzable y a la vez permanente gracias a la celebración periódica del rito.

Los relatos de cuatro cronistas –Diego Ortiz de Zúñiga, Justino Matute y Gaviria, José Velázquez y Sánchez y Alejandro Guichot y Sierra- son la fuente principal de consulta, extractando cada referencia a ocupaciones festivas del espacio público, siendo posteriormente traducidas al plano con herramientas de dibujo asistido. Se han recopilado más de 500 ocupaciones efímeras, en las que se verifican hipótesis como el uso de la Catedral de Sevilla como plaza cubierta para la celebración ecuménica, la configuración del gran teatro barroco entre las plazas de San Francisco y del Duque de la Victoria, el florecimiento escénico durante el Lustro Real, el viraje antropológico hacia las fiestas populares silenciadas hasta el siglo XIX o la resistencia simbólica y formal de las procesiones religiosas en un contexto globalizado.

Estableciendo comparativas con la ciudad de Roma, con el modelo americano colonial o con las lógicas desarrollistas contemporáneas, la investigación defiende la singularidad de Sevilla como un microcosmos de deseo, en el que el uso del espacio público queda regido por la fiesta que, proyectada o improvisada, jalona el tiempo y el espacio de la ciudad. A pesar del relevo cultural desde la religiosidad sistémica al estado laico, las formas del rito permanecen con más solidez que su propia arquitectura. Una ciudad en continuo “tiempo extraordinario”, en el que los meses ordinarios toman el nombre de vísperas, quedando igualmente condicionados por la cercanía o lejanía de la fiesta.

La matriz mayoritariamente tradicional de estos fenómenos es abordada desde una perspectiva universal y atemporal: a través de la experiencia de viajeros, artistas y escritos que recorren Sevilla, se indaga en la capacidad de esas ciudades efímeras de aportar recursos contemporáneos a autores centrales del pensamiento cultural del siglo XX, como el músico norteamericano John Cage, el arquitecto italiano Aldo Rossi o el artista multidisciplinar Constant Nieuwenhuys. Estas transferencias entre tiempos y espacios conducen a la concreción de un paradigma atemporal en la ocupación del espacio público sevillano, capaz de proyectarse tanto en el urbanismo festivo americano como el arte performativo actual. El trabajo completa un vacío detectado en los estudios urbanos locales, entendiendo la fiesta y el rito como acontecimientos indisolubles de la arquitectura que los acoge y proponiendo la definición de una nueva tipología de espacio público transitorio.