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Editorial: Volverá la aridez como ha vuelto tantas veces | Arquia - Centro de Documentación

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Editorial: Volverá la aridez como ha vuelto tantas veces

Bartlebooth

La ciudad, el último territorio urbano del que escapar, o al que volver, un último vestigio de ese espacio de acumulación. El pueblo, la colonia, llena de casas, todas pequeñas e iguales, como territorio de extracción, en realidad una barriada a los pies de la montaña y próximo a la mina. Las ancianas meten la carne tendinosa en leche para que el conejo de caza ablande. Son las únicas que recuerdan con nostalgia el verdor y los animales que bajaban de las montañas hace treinta o cuarenta años. Nuevos mineros, recién llegados, las destripan y vacían sus betas en busca de minerales. Aguaceros que van y vienen provocan riadas e inundaciones. Y es que el agua llega de golpe y lo inunda todo. Un Museo de Historia Natural, a modo de invernadero, conserva, como si de una bola de nieve se tratase, fósiles y minerales, animales que no habían visto antes, flores que desconocían. La última nevada solo aparece como la imagen de un recuerdo borroso. Hoy, los pinos se secan y mueren. El cielo se pinta de un bonito color salmón. La rave es, otra vez, el último lugar de escape, una celebración adulterada que se extiende hasta que la luz del día colorea el valle o hasta que el sonido de las alarmas despierta a la población. Un extraño servicio militar, masculino, no lucha contra un bando enemigo. Ahora, sofoca los incendios de los valles provocados por la extrema sequía, una realidad recurrente que se introduce en la rutina de quienes no han podido o tenido el valor para escapar.

Fecha de publicación
22 de febrero de 2025
Revista
Blog Fundación Arquia
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En el área de refinado de macrodatos de la empresa Lumon, situada en la planta subterránea de una anodina arquitectura corporativa de algún polígono empresarial de una indeterminada ciudad del este de Estados Unidos, un ritual se repite. Suenan las puertas del ascensor a las 9:00 de la mañana, a las 9:05, 9:10… Va escupiendo trabajadores trajeados que se dirigen a su despacho. Los personajes recorren, una y otra vez, el laberíntico camino de falsos techos, luces frías y paredes blancas que nos trasladan a una suerte de backroom burocrático. Su creador, el director de arte Jeremy Hindle, tomó como referencia principal la sede central de John Deere, diseñada por Saarinen y Roche, adornada con multitud de otras referencias mid-century en la búsqueda de representar un modernismo inquietante que haga preguntarse por qué alguien querría trabajar allí y, a la vez, expresar cierto confort. Esa sensación de habitar un espacio inquietante ya conocido, por más que sea la primera vez que nos adentramos en él, es algo que todos y todas hemos experimentado alguna vez. En un mundo donde lo digital se entrelaza constantemente con nuestras realidades cotidianas, también es importante comprender cómo interactuamos con las plataformas en línea y los espacios virtuales del presente. Leer más. Tal vez lo hayamos sentido yendo a rellenar un trámite a la administración local, en la sala de espera de nuestro centro de salud, recorriendo los pasillos infinitos de despachos de una facultad o, en muchas ocasiones, al igual que los trabajadores del departamento de refinado de macrodatos de Lumon, al ir a nuestro puesto de trabajo entre moquetas y cubículos móviles mientras suena música ligera.

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La escena se repite, prácticamente sin variación alguna. Una casa, noche cerrada, el silencio y calma propio de la hora que marca el reloj. El minutero apenas roza las 03:33 de la madrugada cuando esa situación estática cambia por completo. Un ruido, un estallido de un cristal, un mueble que se mueve con violencia o simplemente un televisor que se enciende para emitir un canal con ruido estático. Sabemos perfectamente lo que pasará a continuación, no hace falta seguir describiendo. Otros habitantes de ese lugar, sea un piso de una vivienda colectiva de Vallecas donde una adolescente ha coqueteado con el tablero de la ouija, una mansión victoriana que ha visto tiempos mejores o un genérico chalé suburbano donde se ha cometido un crimen, toman, por unos instantes, el control de una vivienda en la que habitan pero ya no les pertenece. Tras una serie de sucesos de todo tipo, agua bendita, sensores paranormales y alguna que otra desgracia, todo vuelve a la normalidad. Aquellas otras entidades vuelven a ser expulsadas a los márgenes de la existencia para que todo continúe según dicta la norma. Así, la familia, por lo general heterosexual, en edad productiva, con hijos de pelo rubio y profesiones liberales, pueden seguir con su vida en ese espacio. Hasta que, quién sabe cuando, esas ausencias vuelvan a manifestarse.

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El 23 de octubre de 2024 la Agencia Estatal de Meteorología comenzó a informar de la llegada de lo que siempre habíamos conocido, en el este de España, como gota fría, ahora llamada DANA, «depresión aislada en niveles altos». Para los que vivimos lejos de allí, el día 29 comenzaron a llegar las televisiones y redes sociales crudas imágenes y vídeos de una violenta riada en los territorios de l’Horta Sud valenciana que arrastraba a su paso mobiliario urbano, vehículos, animales, y que a la postre costaría la vida a más de doscientas personas y, al menos, otros tres mil animales de granja, por no hablar de otras especies de otra escala, o carisma, o las afectaciones de entidades biológicas y ecosistemas. Los destrozos provocados por estas inundaciones, afectan aún a día de hoy –y lo que queda– a más de 75.000 personas de forma directa, y a sus arquitecturas, infraestructuras, suelos y todo tipo de redes.