Arquitectura y delito

La arquitectura anda revuelta y nadie entiende a nadie. La novedad se ha acelerado aún más (o tal vez sólo somos más viejos), y así andamos.
Sin embargo, y pesar de la confusión general, existe una consciencia general de que la arquitectura se enfrenta a un momento clave. Ya se han levantado las barricadas ideológicas para el siguiente envite contra la propia arquitectura. Y aunque no sabemos aún por dónde llegará la solución, el tablero ideológico sobre el que se debatirán los siguientes movimientos está cada vez más claro. El argumento de este penúltimo ataque es doble (mientras, por cierto, la crítica sigue hurgando con las uñas sucias en sus propias tumoraciones): La arquitectura, cualquiera que se levante, contamina. Ningún arquitecto medianamente responsable, medianamente comprometido, debiera construir un nuevo edificio. Aunque sea con la promesa de que el resultado obtenga un certificado ribeteado con orlas doradas de una tripe A. Lo que se haga, sea lo que fuere, consumirá una cantidad de medios obscenos e infringirá un daño energético sobre el planeta completamente contrario a la mínima ética. Fin del asunto. Si acaso, podrá admitirse la rehabilitación, última forma tolerada para actuar en el mundo de la edificación. Eso sí, que no sea con hormigón, material que emite toneladas de inaguantable CO2, ni con materiales que viajen por el mundo en contenedores transoceánicos, o con aquellos cuya extracción ahonde en un desequilibrio territorial o de explotación de recursos que no sea cuidadosamente sostenible…
- Fecha de publicación
- 2 de mayo de 2022
- Revista
- Blog Fundación Arquia



