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Ante la persistente condición de incertidumbre que caracteriza a la sociedad contemporánea, la vivienda se concibe como un sistema abierto, adaptable e indefinido, capaz de operar como fondo de escena para la vida de quien la habita. No se plantea como una solución cerrada ni definitiva, sino como una estructura propositiva que admite transformaciones, apropiaciones y lecturas cambiantes. En este marco, la organización doméstica se distancia deliberadamente de distribuciones convencionales y jerarquías rígidas, articulándose a partir de estancias programáticamente genéricas pero espacialmente específicas. Cada ámbito se define no por una función prescrita, sino por cualidades perceptivas, proporciones y relaciones visuales que permiten al habitante construir su propio relato de uso. La vivienda responde así a las complejidades y mutaciones del habitar contemporáneo, alejándose de directrices impuestas por lógicas mercantiles.
A nivel espacial, el proyecto se resuelve mediante la implementación de una retícula asimétrica que ordena y reinterpreta el espacio original. Las estancias, de geometría rectangular, se concatenan a través de grandes aperturas centrales, configurando una suerte de “enfilade” que establece continuidades visuales profundas. Este dispositivo espacial favorece la percepción de un campo fluido e interconectado, donde los límites entre habitaciones se atenúan y los usos se superponen de manera ambigua. La secuencia resultante no impone recorridos únicos, sino que habilita múltiples trayectorias y gradaciones de intimidad, amplificando la experiencia espacial al tiempo que diluye fronteras programáticas.
La resolución material del proyecto es directa, esencial y deliberadamente reducida. El pavimento continuo de resina epoxi neutraliza referencias métricas y disuelve la sensación de escala, intensificando la lectura abstracta del plano horizontal. En contraste, el techo, tosco y de carácter cavernoso, adquiere una presencia casi ornamental, evocando un barroquismo accidental derivado de la textura irregular del yeso proyectado. El área de cocinado, revestida íntegramente en espejos, se desmaterializa perceptivamente, fundiéndose con el entorno inmediato y reforzando la ambigüedad entre objeto, reflejo y espacio.
Aunque la carga estética podría interpretarse como aséptica —en sintonía con las analogías formuladas por Beatriz Colomina entre el minimalismo moderno y los discursos higienistas de principios del siglo XX—, la reducción material aquí no responde prioritariamente a estándares sanitarios, sino a una postura social y conceptual. La arquitectura interior se afirma como un sistema ambiguo y no determinista, capaz de acoger al habitante sin imponer definiciones inmutables. En esta indeterminación reside su potencia: ofrecer un marco espacial donde la vida cotidiana pueda desplegarse, mutar y redefinirse con libertad.

Un sistema conceptualmente genérico y, al mismo tiempo, espacialmente específico, que disuelve cualquier dependencia estricta del perímetro, del programa y de la orientación. El proyecto consiste en la renovación de un apartamento de 65 m² situado en un edificio residencial de los años setenta en el centro de la ciudad. En respuesta a la acelerada especulación inmobiliaria que ha redefinido Madrid en los últimos años, la vivienda se distancia de las inercias del mercado y propone una organización flexible, capaz de evadir condicionantes prefijados, tipologías rígidas y jerarquías convencionales. La arquitectura no se plantea como una suma cerrada de funciones, sino como un marco abierto de posibilidades, donde la indeterminación se convierte en una herramienta de libertad doméstica.
Este sistema genérico, aunque deliberadamente abstracto, encuentra anclajes precisos en la aparición de ciertos elementos materiales y funcionales. La chimenea y el mueble de cocinado irrumpen como hitos que restituyen la escala cotidiana y devuelven al habitante a una lectura situada del espacio. Estos componentes, lejos de imponer una distribución jerárquica, actúan como referencias visuales y atmosféricas que organizan la experiencia sin clausurarla. Su presencia introduce un contrapunto entre lo genérico y lo reconocible, entre la neutralidad conceptual y la memoria doméstica.
El espacio original se reorganiza en cuatro estancias simétricas de 3,5 × 3,5 m, estableciendo una isotropía espacial apenas tensionada por la entrada desigual de luz natural. Las habitaciones se enlazan mediante grandes aperturas centrales, que favorecen la continuidad visual y la percepción de un único campo espacial fluido. La secuencia resultante elimina la noción tradicional de pasillo o pieza principal, sustituyéndola por un sistema de relaciones transversales y recorridos múltiples. En una de las estancias aparece una apertura hacia un lugar aparentemente inaccesible: se trata del reflejo del propio espacio, proyectado sobre una superficie espejada. Este gesto genera una ficción perceptiva que amplifica, prolonga y a la vez distorsiona los límites físicos de la vivienda, introduciendo una ambigüedad entre lo real y lo virtual.
La materialidad refuerza esta estrategia conceptual mediante decisiones simples y directas. El pavimento reinterpreta la tradicional baldosa de barro cocido, tan arraigada en el imaginario colectivo, mediante la utilización de linóleo de gran formato. La continuidad y escala del material atenúan referencias métricas y reducen la percepción fragmentaria del suelo. El techo, resuelto con esmalte plástico, actúa como una superficie neutra y reflectante que intensifica los brillos y matices cromáticos presentes en la vivienda. Por su parte, el espacio de cocinado se reviste en acero inoxidable, cuya capacidad reflectante capta y transforma las variaciones lumínicas a lo largo del día. En conjunto, la intervención construye una atmósfera contenida, abstracta y perceptivamente activa, donde el espacio se define menos por su función que por su potencial de uso y reinterpretación.

El concepto de una habitación, aunque aparentemente omnipresente en la arquitectura, a menudo se da por sentado tanto en nuestra vida cotidiana como en nuestros esfuerzos arquitectónicos. Como habitantes y arquitectos, nos involucramos inherentemente con las habitaciones, diseñándolas y habitándolas sin mucha contemplación. En esencia, si la arquitectura tiene como objetivo dar forma al espacio, entonces la habitación emerge como la manifestación más inmediata de este esfuerzo.
El proyecto consiste en la renovación de un apartamento existente de la década de 1970 ubicado en Madrid. Tiene vistas a un convento del siglo XIX, ofreciendo vistas despejadas del horizonte de la ciudad a través de sus grandes ventanales.
El diseño original del apartamento se vacía para introducir una nueva pieza autónoma en su interior: una habitación-armario verde oscuro que se asemeja a los «studiolos» o salas de estudio italianas del siglo XV. El término italiano «studiolo» se refiere a la habitación privada que muchos humanistas del Renacimiento tenían para el retiro y la reflexión, para su dedicación a la investigación intelectual y la contemplación artística, nun espacio doméstico que emerge de la realidad y opera en el límite con la ficción. Un lugar para retirarse del bullicio de la vida cotidiana.
Construido completamente en MDF crudo, el studiolo se comprime en una estructura mínima y compacta, más cercana a un mueble que a una habitación, liberando el resto del apartamento en un espacio vacío, aséptico y abierto listo para cualquier cosa que ocurra en él.
El studiolo también contiene las pertenencias del habitante en una serie de armarios que revelan lo que llevan, como electrodomésticos de cocina, paneles técnicos, mercancías o ropa de cama.
Materialmente hablando, el proyecto es una exploración de las posibilidades que el uso de materiales de otras industrias tiene en la producción de nuevas realidades domésticas. El suelo está cubierto de suelo de goma Pirelli, comúnmente encontrado en entornos industriales, mientras que el techo se resuelve con perfiles de acero galvanizado desmontables utilizados en espacios de oficina. Ambos materiales reflejan la luz, amplificando el espacio.

Lejos de entender este origen como una simple preexistencia funcional, el proyecto lo adopta como marco conceptual. La proporción extrema del local —17,5 x 3,5 metros— no se corrige ni se disimula; se asume con precisión casi obstinada, permitiendo que la tipología actúe simultáneamente como condicionante físico y como herramienta de proyecto. La arquitectura surge así de aceptar la estrechez, de trabajar con ella, de convertir la limitación en estructura operativa y narrativa.
La intervención transforma el antiguo taller en una envolvente abstracta, silenciosa y completamente blanca. Este gesto no persigue borrar la memoria del lugar, sino suspenderla, neutralizar sus referencias inmediatas para intensificar la percepción del espacio. La continuidad blanca funciona como un campo homogéneo donde la luz, la materia y la geometría adquieren protagonismo. Sobre esa aparente uniformidad emergen sutiles variaciones de profundidad, sección y textura que introducen gradaciones de intimidad, apertura y densidad. El espacio deja de leerse como una nave lineal para convertirse en una secuencia atmosférica, un paisaje interior donde cada desplazamiento altera la experiencia.
En el núcleo del proyecto aparece un único sistema material que organiza y define toda la intervención: un interior construido íntegramente mediante planchas de acero de 6 mm de espesor, ensambladas in situ. Estas superficies metálicas no actúan como revestimiento, sino como una materia estructurante capaz de plegarse, tensarse, separarse o comprimirse. El acero reinterpreta el volumen existente desde dentro, produciendo una arquitectura paradójica: contundente en su materialidad, pero visualmente ligera, casi inestable. La percepción oscila entre la solidez del metal y la fragilidad aparente de sus pliegues, evocando la delicadeza de una maqueta de papel trasladada a escala real. La continuidad del sistema introduce una lectura unitaria, mientras que sus variaciones rítmicas y geométricas producen episodios espaciales diferenciados.
Más que compartimentar, la planta modula suavemente el carácter pasante del local. No existen límites cerrados ni jerarquías rígidas; en su lugar, aparecen transiciones graduales, compresiones y descompresiones que intensifican o relajan la experiencia. A lo largo de la secuencia longitudinal emergen ámbitos destinados a almacenamiento, reunión, trabajo, cocina y descanso, definidos no por muros convencionales sino por desplazamientos mínimos del sistema metálico. La organización resultante propone una lógica flexible y reversible, donde los usos se suceden como momentos dentro de una continuidad espacial y perceptiva.
La luz se convierte en un segundo elemento constructivo, tan determinante como el acero. La estrategia lumínica evita la homogeneidad y trabaja mediante intensidades variables, reflejos controlados y zonas de penumbra. La iluminación no solo revela la geometría plegada del metal, sino que la activa, generando vibraciones, brillos suaves y sombras que amplían perceptivamente la estrechez del lugar. La atmósfera resultante oscila entre precisión técnica y sensibilidad casi doméstica.
El espacio opera simultáneamente como lugar de trabajo y como paisaje interior. Una estancia alargada que no impone un único modo de habitar, sino que sugiere distintas formas de concentración, encuentro y pausa. El proyecto no reproduce la lógica convencional de la oficina, sino que replantea, con discreción y rigor, la experiencia cotidiana de trabajar: un entorno donde continuidad, materia y luz construyen una arquitectura de calma, atención y equilibrio entre lo industrial y lo íntimo.

El edificio, reconocido como la primera construcción en altura de hormigón armado de la ciudad, fue ejecutado originalmente con materiales de escasa calidad, circunstancia que condicionó de manera decisiva la intervención. Ante las limitaciones técnicas y constructivas detectadas, se optó por la demolición integral del apartamento y su posterior reconstrucción. Los propietarios, una pareja ya retirada que deseaba regresar al centro urbano tras décadas residiendo en la periferia, plantearon la necesidad de una vivienda capaz de albergar el conjunto heterogéneo de objetos acumulados a lo largo de los años, al tiempo que ofrecer un entorno hospitalario para recibir a familiares y amigos.
En el desarrollo conceptual del proyecto, el misterio y la curiosidad emergieron como cualidades fundamentales. El sistema de almacenamiento —concebido como una secuencia de muebles lineales— asume un papel estructurante, organizando el espacio y configurando un perímetro volumétrico que concentra la expresión material de la vivienda. El resultado es un ámbito simultáneamente delimitado y abierto, que rehúye la explicitación rígida del programa y favorece la coexistencia de múltiples escenarios de uso. La articulación espacial se apoya en dos familias de elementos: seis armarios de roble, pintados en blanco, que regulan el acceso a dormitorios y aseo; y dos muebles metálicos en tono verde oscuro que integran funciones de almacenamiento y cocinado.
Fabricados con delgadas planchas de acero perforado, estos dispositivos introducen una condición ambigua entre ocultación y revelación. Las superficies filtran la visión, permitiendo entrever fragmentos de la vida cotidiana —utensilios de cocina, prendas de vestir, libros o productos domésticos— sin jerarquías ni dramatización, generando una narrativa visual cambiante. Esta ambivalencia transforma el almacenamiento en un mecanismo activo de percepción, más cercano a una membrana que a un cerramiento opaco.
La materialidad se define desde la sencillez y la contundencia. El pavimento se resuelve mediante piezas cerámicas de formato 10 × 60 cm, giradas 45 grados para subrayar su independencia respecto a la retícula espacial y enfatizar una lectura dinámica del plano horizontal. En el extremo de la vivienda, un espacio en forma de “T” concentra el área más pública. Grandes ventanales, orientados hacia el principal bulevar de la ciudad, introducen abundante luz natural y establecen una relación directa con el entorno urbano. Este ámbito final actúa como expansión visual y social del apartamento, equilibrando la densidad material del interior con una apertura franca hacia la ciudad. En conjunto, la propuesta articula una domesticidad precisa y flexible, donde almacenamiento, estructura y percepción se integran en una experiencia espacial rica y matizada.

El proyecto se sitúa en el barrio de Carabanchel, un enclave históricamente periférico que en los últimos años ha experimentado un proceso acelerado de transformación urbana y presión inmobiliaria. En el contexto de la crisis de vivienda asequible que afecta a la ciudad, el desplazamiento de población hacia áreas tradicionalmente más accesibles redefine dinámicas sociales, económicas y espaciales. La intervención responde a esta coyuntura proponiendo una vivienda deliberadamente inacabada, concebida como un soporte abierto que permite a sus habitantes adaptar, completar y personalizar el espacio según sus necesidades y posibilidades económicas. Esta estrategia no solo reduce los costes iniciales de construcción, sino que cuestiona la lógica especulativa en la que acabados, equipamientos y sobreprogramación concentran buena parte del margen de beneficio del promotor. El espacio desnudo se convierte así en una oportunidad: un marco flexible que admite transformaciones futuras y apropiaciones progresivas.
La distribución original del apartamento se preserva como gesto de economía material y respeto hacia la estructura existente, evitando demoliciones innecesarias. Esta organización se intensifica mediante la incorporación de un muro técnicamente equipado que integra las infraestructuras esenciales —fontanería, electricidad y almacenamiento— concentrando las complejidades técnicas en un único elemento continuo. Revestido en aluminio, el muro adquiere una condición ambigua entre infraestructura y superficie perceptiva: actúa como fondo abstracto que refleja la luz, amplifica la profundidad visual y registra de forma difusa las actividades cotidianas. Frente a él, una gran superficie de trabajo monolítica articula los usos de cocina y baño, estableciendo una continuidad funcional que diluye fronteras rígidas entre programas domésticos. La estructura portante, organizada en una retícula de vigas en I y pilares de acero, no se oculta sino que se asume como orden visible que modula el espacio y establece una jerarquía sutil entre ámbitos públicos y privados.
La materialidad se define desde la crudeza y la esencialidad. El pavimento continuo de resina epoxi reflectante genera una base homogénea que expande la percepción y elimina referencias fragmentarias. En contraste, el techo de yeso proyectado, deliberadamente inacabado, introduce una atmósfera cavernosa, casi tectónica, que enfatiza la condición procesual del proyecto. Las superficies de trabajo en cocina y baño se resuelven con baldosas cerámicas sencillas, elegidas por su durabilidad, impermeabilidad y carácter cotidiano. La paleta cromática, dominada por grises y tonalidades neutras, refuerza la lectura austera del conjunto, mientras que discretos acentos en mármol rojo irrumpen como momentos de intensidad material y simbólica. El resultado es un ambiente contenido pero expresivo, donde la arquitectura se presenta como un sistema abierto, económico y adaptable, capaz de evolucionar junto a quienes lo habitan.

Casa Gracia se configura a partir de una distribución “doppelgänger”, que da lugar a dos apartamentos casi simétricos cuyas perspectivas, deliberadamente equivalentes, producen una lectura espacial ambigua y reiterativa. Esta operación geométrica genera una secuencia de habitaciones hexagonales que se presentan indiferentes tanto al programa como a la orientación, desplazando la lógica funcional tradicional hacia una experiencia perceptiva más abierta. Las aberturas, dispuestas de manera simétrica y equidistante, articulan conexiones transversales entre los distintos usos según su posición en planta, favoreciendo continuidades visuales y recorridos alternativos que diluyen jerarquías domésticas convencionales.
Casa Gracia representa un paso más en la exploración sobre plantas aparentemente ineficientes y consolida el objetivo de evidenciar el potencial de las estructuras espaciales para cuestionar y expandir los límites del habitar normativo. El proyecto se concibe como un sistema espacial esencialmente indiferente al lugar específico en el que se implanta, prolongando estrategias desarrolladas en intervenciones anteriores. En esta ocasión, la investigación se intensifica mediante la incorporación de un sistema secundario de antesalas interconectadas que operan de forma ambivalente: en ocasiones como distribuidores, en otras como espacios de almacenamiento o transición. Estos ámbitos intermedios emergen del interés por composiciones espaciales dobles y remiten a una constelación de referencias arquitectónicas heterogéneas, desde la densidad atmosférica de los interiores de Adolf Loos hasta la riqueza material y geométrica de la Casa Vicens de Antoni Gaudí, así como la sofisticación tipológica presente en las puertas dobles de Luigi Caccia Dominioni. El sistema, conceptualmente genérico pero físicamente preciso, niega cualquier dependencia estricta del perímetro, del programa o de la orientación, afirmando una autonomía espacial que privilegia relaciones internas y gradaciones perceptivas.
En términos materiales, la propuesta se articula a partir de una paleta deliberadamente reducida. Un plano de suelo continuo, ejecutado mediante mosaico, incorpora el código cromático distintivo de cada vivienda, funcionando simultáneamente como soporte unificador y dispositivo de identidad. La cuadrícula espacial se enfatiza mediante la inserción de muebles ligeros, autónomos y desplazables, que concentran electrodomésticos y almacenamiento sin fijar usos de manera permanente. Sus colores brillantes e intensos irrumpen como acentos vibrantes frente a la sobriedad tonal del interior, estableciendo un contraste que activa la percepción y subraya la condición mutable del espacio. La disposición estratégica de superficies espejadas multiplica las visuales, disuelve límites físicos y amplifica la sensación de expansión, reforzando la idea de un sistema espacial que parece exceder su contenedor material. En conjunto, Casa Gracia plantea una domesticidad no jerárquica, abierta y reinterpretativa, donde geometría, programa y materia se integran en una experiencia arquitectónica dinámica y deliberadamente ambigua.

El Mediterráneo ha sido en palabras de la propia comisaria Marina Folkidis, “una criatura incontrolable y agridulce”. Su hegemonía cultural lo ha convertido a lo largo de los siglos en un permanente foco de atención. El cruce de culturas, ya sea por medio de guerras o alianzas, ha transformado la historia mundial y lo ha distinguido como el más reconocido lugar de confluencia. Es pertinente, por tanto, partir de estas premisas y aprovecharse de ese caldo de cultivo para imaginar escenarios de convergencia. Lugares de interacción que, por un lado, imaginen nuevas formas de relación, pero por otro, recurran al imaginario colectivo que esta región lleva en sus adentros. Un espacio donde el folclore y la contemporaneidad tengan cabida. Una manera de abordar un futuro que a la vez que es incierto, ha de ser colaborativo, solidario y festivo, como la esencia más intrínseca del pueblo mediterráneo.
Por tanto, qué mejor punto de encuentro que aquel que apuesta por la apertura y, sobre todo, por la interacción de sus visitantes. Un espacio que por fin huye de restricciones y se colmata por medio de una serie de dispositivos que combaten el reciente aislamiento al que nuestra sociedad se ha visto sometida. La plaza, la verbena, la carpa, el banco, la barra, la mesa... Todos ellos elementos recuperados de nuestra tradición popular. Y cuyo fin reside en imaginar escenarios donde el transcurrir del tiempo no puede ser entendido sino a través de la celebración y la vida en comunidad.
Frente a la disputa y el desconcierto que reina en nuestros días, nuestro enfoque aborda este reto como la oportunidad de afianzar una red de alianzas. Si bien los grandes océanos representan la hostilidad, las calmadas aguas del mediterráneo reflejan amabilidad. Esa invitación a la pausa y la reflexión es lo que persigue este espacio. El deseo por construir un futuro coherente y respetuoso pasa por la interacción de sus participantes, y es en esa experiencia temporal, donde la celebración de la vida adquiere sentido.

Casa Guadalupe investiga nuevas formas de proyectar y construir vivienda unifamiliar mediante la integración entre diseño arquitectónico, proceso industrializado y adaptación específica al lugar, proponiendo una alternativa operativa a la construcción residencial convencional. El proyecto se emplaza en un entorno suburbano de carácter rural en Asturias, donde las tipologías agrícolas y domésticas siguen estructurando el territorio. La vivienda toma como referencia el galpón agrícola y la casa mariñana, entendidos como sistemas espaciales y constructivos de geometría clara, relación directa con el suelo y respuesta climática. Estas lógicas se reinterpretan mediante una construcción contemporánea en seco, evitando tanto la reproducción tipológica literal como los modelos residenciales genéricos. La innovación del proyecto reside en su prefabricación íntegra en taller. La estructura metálica ligera, la fachada de fibrocemento compacto y la cubierta metálica de chapa minionda conforman un sistema único definido desde el proyecto arquitectónico. La fabricación en un entorno controlado reduce la dependencia de la obra, mejora la precisión de ejecución y limita la improvisación. El montaje en parcela, resuelto en dos jornadas, evidencia una reducción significativa de plazos y de impacto sobre el entorno. La vivienda se apoya sobre un sistema de pilares que absorbe la irregularidad del terreno y minimiza los movimientos de tierra, permitiendo una implantación precisa sin alterar la condición natural de la parcela y demostrando la capacidad de los sistemas industrializados para adaptarse a contextos no estandarizados. La organización en dos ámbitos conectados pero diferenciados permite una ocupación variable en el tiempo y distintos modos de uso sin modificaciones constructivas. Casa Guadalupe demuestra que la industrialización, integrada desde el inicio en el diseño, puede mejorar la calidad arquitectónica mediante un mayor control del proceso, una relación ajustada con el lugar y una arquitectura viable y sostenible.

El proyecto se ubica en el pasaje de la antigua Fábrica de Tabacos de La Rioja, un espacio urbano estrecho y longitudinal dominado por la presencia vertical de una monumental chimenea de ladrillo rojo. La intervención restituye al lugar su condición de espacio construido mediante la consolidación de las fachadas existentes, reforzando la continuidad urbana y devolviendo al conjunto fabril una lectura unitaria, coherente con su identidad histórica. Lejos de plantearse como un gesto autónomo, la propuesta actúa como una operación de sutura arquitectónica que reconstruye el vacío del pasaje, reactivando su dimensión espacial y simbólica.
El interior se organiza a partir de la concatenación de estancias cuadradas de 3,6 × 3,6 m, configurando una secuencia rítmica de pasillos y habitaciones de carácter doméstico. Esta procesión espacial, casi ceremonial, transforma el tránsito en experiencia, desplazando la lógica funcional hacia una percepción gradual del espacio. Las habitaciones, abiertas al cielo, ensayan distintas posibilidades geométricas en planta, introduciendo variaciones que intensifican la relación entre repetición y diferencia. Su escala doméstica —inusual en el contexto del espacio público— altera la posición del usuario, que deja de ser mero visitante para asumir una condición transitoria de habitante. La instalación invita así a una interacción más íntima, donde el cuerpo reconoce proporciones, límites y transiciones propias de la experiencia residencial.
Las estancias interiores generan atmósferas inesperadas, produciendo una alternancia entre recogimiento y apertura. La percepción oscila entre interioridad y exterioridad, recordando de manera constante el carácter público de la intervención. Esta ambigüedad espacial, deliberadamente construida, activa una lectura crítica sobre los límites convencionales entre arquitectura, instalación y ciudad.
El sistema se materializa mediante ladrillos de termoarcilla de 30 × 30 cm, cuya escala y textura remiten a un imaginario colectivo reconocible. El bloque cerámico opera simultáneamente como unidad material y módulo espacial, otorgando al proyecto una condición familiar y táctil. La masividad de las piezas construye una apariencia estereotómica que vela su lógica tectónica, generando muros de presencia densa y silenciosa. El suelo, cubierto con viruta de ladrillo desechado, prolonga esta continuidad material y modifica la experiencia cinética del recorrido: ralentiza el paso, amortigua el sonido y propone una relación más consciente y pausada con el espacio. En conjunto, la intervención configura un paisaje arquitectónico introspectivo, donde materia, escala y secuencia articulan una experiencia urbana desacelerada y perceptivamente intensa.

Se propone, por tanto, una intervención de recursos deliberadamente reducidos, pero de gran intensidad espacial y simbólica, en la que las huellas de la antigua cuadra conviven con los requerimientos del habitar contemporáneo. En una pequeña aldea de la comarca de Cameros, en la sierra riojana, se sitúa una vivienda de carácter excepcional. A diferencia de las construcciones circundantes, el edificio se distingue por una monumental fachada de cinco plantas, definida por gruesos muros de piedra y una composición rigurosamente simétrica de huecos. Cada nivel, idéntico en distribución y dimensiones, se articula mediante una imponente escalera helicoidal de madera, coronada por un lucernario que introduce una luz cenital continua, reforzando la verticalidad y la percepción unitaria del conjunto.
En la planta inferior, vinculada al antiguo barranco y resolviendo el desnivel natural del terreno, se localiza un espacio estrecho y alargado que históricamente albergó animales y almacenamiento. Este ámbito residual se reactiva mediante la inserción de una sobria solera de hormigón bruto, en cuya superficie se incrustan pequeñas baldosas cerámicas de 10 × 10 cm recuperadas del estado original y preservadas por la familia durante generaciones. Este gesto material, simultáneamente constructivo y afectivo, establece una continuidad tangible entre memoria y presente, entre ruina y renovación.
Los huecos de fachada se amplían y alinean con los balcones superiores, optimizando la entrada de luz natural y reforzando la relación visual con el entorno. A su vez, se incorpora el acristalamiento de un gran vano de 2,5 × 2 × 5 m que habilita el acceso desde un callejón adyacente, transformando la antigua cuadra en un espacio permeable, luminoso y abierto. Junto a una de las ventanas se construye un banco austero de yeso visto, concebido como lugar de estancia cotidiana donde la familia se reúne durante las veladas estivales. El antiguo bebedero de los animales, una pieza monolítica de piedra local, se resignifica al elevarse sobre una estructura articulada de ladrillo refractario pintado en blanco, funcionando ahora como pila de agua y elemento central de la nueva domesticidad.
El jardín exterior se acondiciona mediante una sinuosa plataforma de hormigón coloreado que serpentea entre la vegetación y el arbolado existentes, integrándose respetuosamente en el paisaje. El plano de la solera se eleva 15 cm sobre el terreno natural, estableciendo una continuidad espacial con el interior y configurando un ámbito exterior de carácter cuasi doméstico. Esta topografía artificial no solo ordena el acceso, sino que construye un paisaje habitable, flexible y adaptable a los usos temporales de la familia. En conjunto, la intervención articula una síntesis precisa entre economía de medios, memoria material y reactivación espacial, donde la arquitectura emerge como mediadora entre pasado y presente.

Comisionada por los artistas Claudio y Bosco Sodi, la vivienda surge como una reflexión crítica sobre la relación contemporánea entre habitar y naturaleza, en un contexto en el que la vida urbana atraviesa un profundo cuestionamiento. Frente a la creciente inestabilidad y precariedad que afecta a ciudades como Madrid, el desplazamiento hacia entornos rurales no se plantea como una evasión romántica ni como una idealización bucólica heredada del siglo XIX, sino como una respuesta consciente a transformaciones sociales, económicas y vitales. La casa encarna así una nueva actitud: más pragmática, más material, más vinculada a la necesidad real de redefinir modos de vida y de producción cultural fuera de la metrópolis.
Tipológicamente, el proyecto se sitúa en un territorio ambiguo, a medio camino entre lo doméstico, lo industrial y lo agrícola. Su escala contenida y la forma canónica a dos aguas evocan la imagen arquetípica de la casa aislada en el paisaje, un gesto reconocible dentro del imaginario rural. Sin embargo, el interior subvierte esa expectativa al aproximarse a la espacialidad de una nave de artistas: cerchas metálicas vistas, una envolvente desnuda y un suelo continuo de hormigón configuran un ambiente de trabajo, creación y experimentación. Esta dualidad entre iconografía doméstica y atmósfera productiva introduce una tensión deliberada entre tradición y contemporaneidad, entre refugio y taller, entre vivienda y espacio creativo.
El acabado exterior, resuelto mediante mortero hidrófugo proyectado —solución habitual en la arquitectura vernácula de la zona—, sitúa el edificio dentro de la lógica constructiva local al tiempo que lo abstrae en un volumen continuo, monolítico y casi silencioso. La materialidad evita gestos expresivos superfluos y refuerza una presencia sobria, donde la casa parece emerger del territorio agrícola del complejo de la bodega con naturalidad y discreción. Esta estrategia establece un diálogo respetuoso con el contexto sin recurrir a mimetismos literales.
Desde el punto de vista estructural, los muros de carga perimetrales sostienen cinco cerchas metálicas de gran luz que se despliegan sobre cuatro vanos sucesivos. Esta modulación organiza el programa como una gradación espacial que transita desde lo más abierto y público hacia lo más íntimo y recogido. La secuencia se compone de un porche delantero que actúa como umbral intermedio entre arquitectura y paisaje, seguido de cocina, comedor y sala de estar, para culminar en los dormitorios y baños. La zona pública se expande hacia el entorno mediante dos grandes puertas acristaladas pivotantes que enmarcan el viñedo y disuelven el límite entre interior y exterior. En contraste, las estancias privadas se definen por huecos más pequeños y profundos, diseñados para filtrar la luz, reforzar la introspección y garantizar la intimidad.
En conjunto, la vivienda articula una síntesis entre habitar, trabajar y contemplar, donde la arquitectura no idealiza la naturaleza sino que se inserta en ella como infraestructura sensible, precisa y abierta a nuevas formas de vida cultural y cotidiana.

El espacio original se reorganiza mediante la subdivisión en 23 estancias rectangulares de dimensiones próximas entre sí, conectadas a través de aberturas centradas que construyen una secuencia continua, casi indiferenciada, de cuartos concatenados. Esta disposición genera una isotropía espacial en la que desaparecen jerarquías tradicionales como salón, dormitorio o pasillo, sustituidas por una lectura abierta basada en la experiencia perceptiva. Cada estancia no se define por un programa rígido, sino por sus condiciones cognitivas y atmosféricas: gradaciones de iluminación y sombra, variaciones de orientación, relaciones visuales cruzadas y proporciones que sugieren múltiples formas de ocupación. De este modo, el habitar deja de responder a esquemas convencionales para convertirse en una práctica flexible, cambiante y reinterpretativa.
El proyecto se materializa en cuatro viviendas situadas en un edificio residencial de los años setenta, inserto en el tejido consolidado del centro de Murcia. En contraste con la lógica de la especulación inmobiliaria que ha marcado gran parte del Levante español en las últimas décadas, la intervención propone un distanciamiento deliberado de los modelos tipológicos repetitivos y de la estandarización funcional. En lugar de optimizar superficies según criterios mercantiles, se plantea un sistema espacial capaz de absorber transformaciones, adaptarse a ritmos vitales diversos y permitir apropiaciones no previstas. La vivienda se concibe así como una estructura abierta, más cercana a un soporte que a un objeto cerrado, donde la neutralidad programática habilita libertad de uso y reconfiguración en el tiempo.
Conceptualmente, la propuesta se define como un sistema genérico pero espacialmente específico: genérico por su independencia respecto a categorías preconcebidas, y específico por la precisión con la que se controlan proporciones, transiciones y relaciones perceptivas. Se anula la dependencia estricta del perímetro, diluyendo la noción de límite fijo, y se relativiza la orientación como factor determinante, privilegiando en cambio la continuidad y la interconexión. La arquitectura no impone un relato único, sino que habilita múltiples lecturas y recorridos, fomentando una experiencia doméstica menos normativa y más exploratoria.
La materialidad refuerza esta estrategia conceptual mediante el uso de recursos directos y contenidos. Las superficies espejadas, aplicadas de forma estratégica, expanden la percepción del espacio, multiplican las visuales y desdibujan los contornos físicos, generando una sensación de profundidad inestable. Los pavimentos continuos de resina epoxi eliminan juntas y referencias métricas, suspendiendo la lectura de escala y favoreciendo una continuidad táctil y visual. El techo acabado en esmalte plástico amplifica reflejos y matices cromáticos, intensificando la interacción entre luz y materia. Frente a esta condición envolvente y abstracta, el núcleo de cocina —resuelto en acero galvanizado y granito local— introduce un contrapunto de densidad, textura y referencia funcional. Este elemento actúa como anclaje perceptivo y organizador, aportando una presencia tangible que estructura la experiencia cotidiana sin imponer límites estrictos. En conjunto, el proyecto articula una domesticidad abierta, adaptable y perceptivamente rica, donde la arquitectura se entiende como marco de posibilidades más que como definición cerrada de usos.