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El búnker
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El búnker

La vivienda se sitúa en Los Montesinos, en pleno casco urbano, en una parcela estrecha y alargada encajada entre medianeras. Y precisamente por esa condición “apretada”, el proyecto trabaja el territorio no como paisaje lejano, sino como algo que ocurre dentro: en la sección, en la luz, en la materia y en la forma local de habitar. El patio en un extremo no es solo un vacío, es un dispositivo para volver a conectar los espacios principales con el exterior, construyendo una relación cotidiana con el clima y con la calle sin necesidad de expandirse.

Al excavar aparece el caliche, la costra calcárea propia de la zona, con sus estratos expuestos. En lugar de ocultarla, se incorpora puntualmente como “piedra de origen”: un recordatorio físico de que el campo de acción puede ser enorme, pero el soporte material es finito y concreto. Esa decisión desplaza el foco del gesto a la lectura del lugar: el territorio entendido como capas, geológicas, sí, pero también culturales y energéticas, que condicionan tanto como cualquier límite parcelario.

Con el paso del tiempo, las viviendas contiguas han crecido en altura y la casa busca la luz abriéndose por cubierta mediante dos grandes aperturas. No es una operación formal; es una respuesta energética y temporal: el sol desciende hasta el nivel de la roca y hace visible el paso de las horas sobre la costra calcárea. Luz, piedra y recorrido solar quedan en relación directa, convirtiendo el interior en una especie de “mapa” vivo del tiempo. Así, el territorio se vuelve también una cuestión de energía y de ciclos, no solo de geometría.

La planta longitudinal se organiza más como cadena de espacios que como piezas independientes. No hay pasillos: los límites son difusos y el recorrido se mezcla con la manera de habitar, como si la casa funcionara más como un continuo compartido que como suma de cuartos cerrados. Esa ambigüedad conecta con una realidad contemporánea donde las fronteras (privado/público, interior/exterior, presencia/ausencia) ya no son absolutas, sino negociaciones constantes.

Y hacia la calle, la vivienda casi no cambia: se conserva el zócalo de tirolesa, los cercos de mármol, y sobre todo la gran puerta de garaje que permite abrir la casa a los amigos, haciendo que el interior pueda ser también calle. Ahí aparece el territorio no geográfico: el de las costumbres, las formas de convivencia y esa vida a ras de suelo tan levantina. En el interior, yeso, gotelé y un suelo continuo de hormigón construyen un fondo neutro sobre el que la piedra emerge como algo excepcional. En conjunto, el proyecto propone que el territorio, más complejo que lo meramente físico, se activa desde lo doméstico: interpretando lo común, trabajando con lo existente y haciendo visible, el vínculo entre recursos, cultura y espacio.

Casa sobre casa
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Casa sobre casa

Al sur de la provincia de Alicante, la casa se inserta en una pequeña urbanización como una pieza de transición: no está completamente en la ciudad, pero tampoco en plena naturaleza. Su posición intermedia construye un vínculo directo entre dos territorios que hoy se solapan constantemente: el de la vida doméstica urbana —reglada, cercana, con vecinos— y el de un paisaje que sigue operando como referencia cultural, climática y emocional. En ese borde, el proyecto entiende el territorio no solo como suelo o como vista, sino como un sistema de relaciones: orientación, recorridos, ventilación, sombras, privacidad, energía y maneras de habitar.

Los dos volúmenes diseñados establecen dos niveles de interacción con el entorno. El primero, en planta baja, se relaciona libremente con el jardín: es el plano mediterráneo por excelencia, donde vivir implica salir, entrar, cruzar sombras, improvisar usos y compartir. Para mantener ese carácter exterior tan propio del lugar, la vivienda se abre al jardín e invita a habitarla sin restricciones. La planta, deliberadamente abierta, convierte el límite en un filtro: los paneles de celosía cuadrada enmarcan las vistas y regulan la exposición, no como barrera, sino como mediación. Frente a la transparencia total —que muchas veces solo produce dependencia del vidrio, del control mecánico y de la exhibición— la celosía propone un borde habitable, capaz de dar sombra, tamizar y construir intimidad sin aislar. El volumen más sólido, que aloja servicios y un salón cerrado, completa el equilibrio entre lo flexible y lo protegido, entre lo común y lo específico. Así, el espacio interior se extiende hacia el exterior y el jardín deja de ser “parcela” para convertirse en estancia, reforzando una cultura local de vida al aire libre basada en el clima y en la sombra.

El volumen superior, en la planta principal, “dibuja” la casa y establece una relación distinta con el territorio: menos inmediata y más contemplativa. Una zona diáfana conecta cocina, comedor y estar, generando un continuo doméstico donde el paisaje no es un fondo, sino un interlocutor. A través de las grandes puertas correderas del porche frontal, las montañas lejanas se acercan y se incorporan a la vida diaria, como si el territorio ampliara el espacio útil de la casa. No es solo una cuestión de vistas: es también una forma de regular la luz, de capturar brisas, de producir una profundidad climática que reduce la necesidad de artificio. La vivienda trabaja con recursos finitos, energía, confort, materialidad, mediante estrategias espaciales sencillas que multiplican su rendimiento.

La zona de descanso, resuelta como una tira de dormitorios en serie, se desplaza a un segundo plano y se retira para el recogimiento. Esa retirada no es un cierre, sino un cambio de intensidad: dado que alberga lo íntimo, las habitaciones enmarcan de forma más directa la sierra posterior, construyendo una relación más concentrada y silenciosa con el paisaje. En conjunto, el proyecto propone una lectura contemporánea del territorio: las fronteras interior/exterior se difuminan de manera controlada, la casa actúa como filtro entre urbanización y naturaleza, y la arquitectura se entiende como herramienta para negociar límites, visuales, climáticos, sociales, en un contexto donde todo está conectado, pero el soporte físico y sus recursos siguen imponiendo una realidad concreta.

1000 piezas
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1000 piezas

Se ha decidido explorar individualmente elementos asociados tradicionalmente con “la clásica promoción de vivienda” —pavés, monocapa blanco, mármol, gresite, carpinterías de madera, enlucido interior— no desde la nostalgia ni desde la cita literal, sino como un inventario de materiales comunes que, al ser reordenados con intención, permiten hablar de un imaginario colectivo de nuestro territorio. En este sentido, lo “local” no se entiende solo como lo geográfico, sino como una memoria material colectiva: un conjunto de texturas y soluciones constructivas que pertenecen a un imaginario doméstico ampliamente reconocible. Trabajar con ello es operar sobre un territorio que no se mide en kilómetros, sino en hábitos, percepciones y códigos que nos conectan.

El espacio original presentaba una geometría rectangular, con una sala abierta como espacio principal y una pequeña zona de servicio al fondo. La primera decisión fue respetar la amplitud y la altura del espacio principal, evitando la compartimentación como respuesta automática, e introducir una pieza capaz de acoger una zona más reservada. Esta operación plantea un equilibrio entre dos escalas: la del vacío disponible —casi infraestructural— y la de un uso cotidiano que necesita cercanía, concentración y confort. El pilar circular existente se convierte en guía: un punto fijo que ordena la circulación, define un centro sin imponer una direccionalidad rígida y permite que el espacio se lea como un campo continuo, flexible, abierto a cambios.

A partir de ahí, la conexión interior–exterior se aborda como un problema contemporáneo: hoy la relación con “lo de fuera” rara vez es solo física. Vivimos entre capas de presencia y exposición, entre lo público y lo íntimo, con fronteras cada vez más borrosas. Por eso el pavés aparece como una herramienta precisa: una tecnología simple, previa a lo digital, pero sorprendentemente actual para negociar visibilidad, privacidad y luz sin recurrir a gestos espectaculares. Repetido 1.000 veces, funciona casi como una matriz: una piel porosa que filtra, suaviza y hace ambiguo el límite, permitiendo estar conectado sin quedar completamente expuesto. No es una fachada que “muestra”, sino que “media”.

Además, esta envolvente no se limita a una cuestión perceptiva. Al comportarse como colchón térmico y acústico, introduce una lógica de recursos: mejorar el confort con una solución pasiva, robusta y fácilmente mantenible. En un contexto donde el campo de acción puede parecer infinito, el proyecto vuelve a recordar que el soporte físico tiene límites: el espacio, la energía, el presupuesto, los materiales disponibles. Frente a la idea de que todo es posible, se propone una arquitectura que elige: que trabaja con lo existente, que reduce transformaciones innecesarias y que encuentra valor en lo ordinario cuando se coloca en la posición correcta.

La ligera torsión del acceso refuerza esta estrategia. No se trata de “diseñar una entrada”, sino de construir un pequeño tiempo de transición: un retraso voluntario entre calle e interior que evita el impacto frontal, protege la intimidad y genera visuales indirectas. Ese gesto mínimo produce una experiencia más compleja, casi como cuando pasamos de una capa a otra —de lo público a lo privado, de lo visible a lo filtrado— sin necesidad de levantar muros ni multiplicar dispositivos.

En conjunto, la propuesta puede dialogar con unas bases que entienden el territorio como algo cambiante y ampliado: no solo suelo, sino también cultura, energía y ecología. Aquí, lo cultural se activa mediante un repertorio material reconocible reinterpretado con rigor; lo energético aparece en decisiones de confort pasivo (luz tamizada, amortiguación térmica/acústica, control de la exposición); y lo ecológico se aborda desde la contención: respetar la estructura, evitar demoliciones innecesarias, priorizar soluciones duraderas y reversibles, y construir más con organización y criterio que con cantidad. La arquitectura, así, no se limita a “dar forma” a un interior: se posiciona como mediadora entre capas de realidad —calle y refugio, imagen y materia, exceso y límite— y convierte un local existente en un pequeño territorio habitable, consciente y conectado.

Una piscina geopolítica
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Una piscina geopolítica

En la Vega Baja hay 22.440 piscinas privadas, o dicho de otro modo: un millón de metros cuadrados de aguadestinados al disfrute individual. Si las bordeáramos una tras otra, podríamos caminar 587 kilómetros sobre sus perímetros de azulejo; si las alineáramos en una sola línea líquida, formarían un río de 163 kilómetros; y si el agua se repartiera entre todos los habitantes de la comarca, a cada uno le corresponderían 3,24 metros cuadrados. Esa cifra, que a primera vista parece anecdótica, condensa un modelo territorial que ha hecho del deseo —de ocio, de propiedad, de control sobre el agua— una herramienta de transformación profunda del paisaje.

El proyecto propone construir una piscina con exactamente la superficie que le corresponde a cada persona: 3,24 m² de agua. Una piscina mínima, casi simbólica, que convierte la medida estadística en experiencia directa. Su revestimiento se compone de un gresite ensamblado a partir de las siluetas reales de todas las piscinas de la Vega Baja: fragmentos de deseo convertidos en mosaico. Cada forma, distinta y reconocible, se une a las demás para componer un mapa líquido del territorio, una topografía de lo doméstico que habla de aspiraciones comunes y de una identidad moldeada por la promesa del baño privado.

Pero esta piscina no se llena con agua cualquiera. Se alimenta del agua que se fuga de las tuberías del trasvase Tajo-Segura a su paso por Orihuela, ese sistema hidráulico que desde los años setenta ha definido la economía, el urbanismo y hasta la mentalidad de la comarca. El agua perdida —la que nunca llega a destino— se convierte aquí en materia poética y política, en símbolo de un modelo que ha sostenido un crecimiento basado en la disponibilidad (o la ilusión de disponibilidad) de recursos infinitos.

El gesto de bañarse bajo los tubos del trasvase no es tanto una provocación como una lectura territorial. Nos sumerge literalmente en las infraestructuras que nos han dado forma, en las políticas de gestión del agua, en los procesos especulativos y en la estética de lo productivo que ha ido desplazando lo agrícola por lo urbano. El agua, que antes definía los huertos, las acequias y la economía del riego, se ha convertido en un elemento de confort, de distinción y de aislamiento. En ese tránsito —del bien común al placer individual— se dibuja la historia reciente de la Vega Baja.

Esta piscina mínima, casi absurda por su escala, propone un cambio de enfoque: pasar del exceso al límite, del consumo al reconocimiento. No se trata de negar el deseo, sino de reformularlo; de entenderlo como una fuente de interpretación de los elementos que han construido el paisaje levantino. El gresite, el agua, los tubos, los muros, incluso el propio acto de bañarse, dejan de ser objetos aislados para convertirse en fragmentos de un mismo sistema interdependiente.

Desde esta perspectiva, el proyecto actúa como un dispositivo de lectura territorial. Reúne en un solo gesto las capas visibles e invisibles que sostienen la vida en la comarca: la infraestructura hidráulica, la arquitectura doméstica, la economía del turismo, la cultura material y el imaginario colectivo. En lugar de oponerse al modelo existente, lo hace explícito, lo lleva al límite de su propia lógica para mostrar su fragilidad. Porque en un contexto donde el campo de acción parece ilimitado —urbanísticamente, tecnológicamente, incluso simbólicamente—, el medio físico y sus recursos siguen siendo finitos.

Sumergirse en esta piscina es enfrentarse a esa contradicción: disfrutar del agua mientras se comprende su escasez, contemplar el territorio como un sistema conectado donde cada gesto, por pequeño que parezca, tiene consecuencias. Es un baño de conciencia en el sentido más literal: una experiencia que devuelve al cuerpo la escala del territorio y convierte el placer privado en un acto colectivo de reflexión.

Las cocinas museo
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Las cocinas museo

Cox es un pueblo de la Vega Baja que tradicionalmente ha estado vinculado al sector agrícola. En los años 50 las dificultades económicas provocaron que los agricultores dejaran de vender sus productos a los intermediarios y ser ellos mismos quienes cosecharan, manipularan y vendieran su materia prima. Un cambio de modelo donde los agricultores pasaron a ser también distribuidores. Este modelo se fue extendiendo y comenzaron así a crearse grandes redes comerciales nacionales e internacionales de exportación de cítricos y hortalizas todo desde una estructura familiar y doméstica.

Si la economía de Cox estaba creciendo, las casas también lo hacían. Los bajos de las casas pasaron a ser para las familias el lugar del trabajo y el espacio domestico donde se pasaba la mayor parte del tiempo y comenzaron a construirse una segunda cocina por cuestiones productivas y de higiene.

Se pueden diferenciar por tanto dos tipos de cocinas dentro de las casas de Cox: las cocinas de planta baja o “Cocina de uso” cocinas de uso intensivo, muy vinculadas al trabajo diario, y por otro lado las “Cocina museo” que se sitúan en la planta primera y que poco a poco han ido perdiendo su utilidad en la vivienda hasta convertirlas en algo de uso muy ocasional.

Si las dobles cocinas nacieron como una necesidad productiva y de higiene vinculadas a la agricultura ahora aparecen en viviendas no vinculadas con la agricultura y donde el tener dos cocinas se percibe como un estatus social dentro Cox. Se crea así una tipología de vivienda propia que ensambla la arquitectura vernácula de la Vega Baja con cuestiones de producción agrícola.

Una ceremonia de ensamblajes

Una visita por 8 casas y sus 16 cocinas. Una mesa-cocina formada por un tablero de tierra compactada procedente de las huertas de Cox. Sostenida por cajas de las grandes empresas de la fruta de la zona que se fusionan entre sí. Una ceremonia de ensamblajes que reflexiona sobre las dos realidades, materiales y políticas, que conforman el imaginario de las cocinas.

Ciudad Quesada: Ciudad promotor
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Ciudad Quesada: Ciudad promotor

La ruta de la alcachofa
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La ruta de la alcachofa

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